23 de septiembre de 2007

Los martes, naranjas y jirafas

Ilustración: Antonio Berni - Serie Juanito Laguna





- Vamos, Tao.
El niño tendría unos 5 años. Puso la mala cara de siempre que lo contrariaban, miró por última vez a la jirafa y se dio vuelta cansadamente para irse con su madre.
Se llamaba Tao porque su padre, poco antes de él nacer, se había fascinado con las ideas new age y particularmente con las filosofías orientales, y había insistido en que lo llamaran así. Decía que nacería un niño sabio. La madre, más convencional, quería llamarlo Germán, como el galán de su novela favorita.
A regañadientes el padre algo cedió, y el niño se llamó Tao Germán. "Pero lo llamaremos Tao", sentenció.
Cuando dos años después el padre los dejó y se fue a Brasil tras de una joven modelo, la madre comenzó a llamarlo "Tao Germán". Poco después debió desistir, cuando la maestra de la salita rosa la llamó para decirle que Tao se desconcertaba y lloraba, creyendo que los compañeritos se iban a ir dejándolo solo, cuando le decían: –Tao, Germán.

“…Soy el único referente paterno para Tao. Sus abuelos murieron de modo muy extraño hace largo tiempo y me ocupé de acompañar al padre de Tao en los primeros años de su juventud; luego se casó y pude ver con cuanta ilusión aguardaba el nacimiento de su hijo. Parecía que ese acontecimiento le permitiría anclar su vida.
Cuando partió abandonando al niño y a su madre, volví a ejercer ese lugar tan particular que es el de acompañar a vivir.
Nunca pude aprender a tejer o a bordar, mucho menos a cocinar; la vida me llevó a indagar en el arte, la ciencia y la soledad.
Tao y su madre me frecuentan a menudo, generalmente los martes por la tarde. Los espero tranquila, preparo una tetera con agua caliente, dispongo diferentes sabores de té en una cajita de madera, un botellón con jugo de naranjas que exprimo despaciosamente y una canastita con galletitas de limón.
Desde muy pequeño le enseñé a Tao a disfrutar de los aromas del té y aprendió que puede elegir algo diferente cada vez.
Nos une ese ritual de saborear el té y las galletitas en silencio. Luego, Tao selecciona alguno de los libros de arte y se acomoda a mi lado a mirar las ilustraciones.
Cuando se van, me siento a escribir las cosas que sucedieron durante la visita.
Hoy tomé el cuaderno y busqué las anotaciones donde refiero al momento en que Tao, tiempo después de la partida de su padre, insistiendo con llanto logra ser llamado solamente Tao; también escribo allí sobre su visita al zoológico y sobre un dibujo que había hecho esa tarde en referencia al paseo.
Ahora recuerdo que cuando vi el dibujo le dije: - ¡Qué hermoso, Tao!, me encantaría que me lo regales... - No puedo -dijo- es para mi papá.
Me quedé helada. No sabía si sentir pena, sorpresa o esperanza. Durante varios días dio vueltas por mi cabeza la pregunta de por qué alguien abandona a un niño. Qué es lo que hace que algunas personas no tengan instinto de protección y otras sí. Me preguntaba qué secuela quedaría en ese niño y qué podíamos hacer nosotras para aliviarlo...
Y un día sucedió... Llegó una carta del padre de Tao... Larga, profunda… triste... donde decía que vendría... ¡Qué impacto! Sentí una mezcla de sorpresa, temor, alegría y desconcierto. Me preguntaba si Tao sabría acerca de la carta, si Ana le habría dicho algo sobre su contenido ó cómo se lo diría.
Lo primero que sentí fue temor de que Pablo pudiera hacerle mal con su regreso. Me llevó varios días dejar ese temor entre paréntesis y no adelantarme a los hechos. Me preocupó entonces que Ana se dejara llevar por su rencor y no ayudara a que el encuentro fuera lo mejor posible.
No podía dejar de preguntarme qué pensaría Tao. ¡Es tan difícil a veces para los grandes suponer qué piensa un niñito, ponernos en su piel! A veces hacemos tantos esfuerzos en olvidar nuestra propia niñez que perdemos de vista lo que es verdaderamente importante para un chico.
Pude empezar a recordar que Tao tenía sólo cinco añitos y que su papá era seguramente para él casi como un guerrero chino que andaba por el mundo librando batallas misteriosas, y que había dejado su marca en ese nombre raro que había decidido para su hijo.
Opté por dejar durante unos días, hasta el siguiente martes, que la batalla se librara en mi cabeza y que las contradicciones fueran y vinieran sin parar.
Me había acostumbrado a ser yo quien le contaba a Tao cosas de su papá; sus travesuras infantiles, cuánto le gustaban las milanesas… esas cosas que una cuenta cuando hace de abuela y disfruta el poder que da contar la historia. Ahora Pablo estaría aquí, y ellos, Tao y Pablo, tendrían una intimidad que aún no imaginaba como podría resultar… “.

- Vamos, Tao.
Lo veo caminar desganado, tomarse de mi mano y girar la cabeza para volver a mirar la jirafa.
Me habla, pero no alcanzo a escuchar sus palabras porque la sensación de haber vivido esa situación alguna vez me absorbe momentáneamente. Como en un calidoscopio, las imágenes del niño que fui vienen a mí y se suceden impregnadas de aromas, voces, texturas y colores.
Con la mano de Tao en la mía camino hasta el asiento más próximo. Le cuento que a mí también me deleitaba mirar las jirafas, que este paseo con él me trajo recuerdos bellos. Le propongo que cuando lleguemos al taller pintemos jirafas. Se entusiasma y me dice:
-¡Vamos ahora! -se para y espera que yo reanude mi andar.
Hacemos el trayecto en silencio.
Aquellas tardes de los martes, con sus rituales en torno a los sabores del té, el jugo de naranjas, los libros de arte, las anécdotas de la infancia de mi padre, la dulce presencia de ella, perfilaron mi vida.
Guardo los cuadernos que cuentan meticulosamente cómo fueron esos días. La llegada de mi padre, devastado por la enfermedad, su muerte inmediata…
Los recuerdos posteriores se tornan poco nítidos. Los encuentros se espaciaron cuando me fui a estudiar a la ciudad. Y el día que mi madre me trajo los cuadernos y los libros de arte, supe que ella había muerto, que ya no volveríamos a compartir esas ceremonias que me acompañaron durante años.
Para ese entonces, había aprendido a convivir con mi nombre y su sentido. Mi padre al nombrarme me legó una comprensión de la vida.
Tao me habla. Estamos llegando al taller; subimos lentamente las escaleras. Lo invito a tomar un jugo de naranjas antes de pintar jirafas. Acepta feliz; lo miro agradecido por su amor. Pronto llegará mi querida discípula a buscarlo; los martes dicta clases de pintura y yo cuido del niño.
Cuando Harmonía propuso llamar Tao a su hijo, me pareció un gesto desmedido, pero su insistencia fue tal que no pude negarme.
Mientras espera las naranjas exprimidas, Tao mira los retratos que están sobre el piano que fuera de mi madre. Nos sentamos a beber en silencio; de pronto me dice:
- Yo no tengo papá ¿y vos?
Lo miro. Me pregunto qué es un padre, qué es una madre… Le digo:
- Mi padre era un guerrero chino y murió hace muchos años.
Recorro con la mirada el taller. Me siento feliz. Tao se entretiene con unos libros y yo retomo la lectura de los diarios de mi abuela, como yo la llamaba.
“…Creo que fue un viernes. Estaba lloviendo y golpearon a la puerta. Era Ana. Traía un paquetito con galletas para compartir el té. Traía también la pesadumbre de una persona que ha tenido una dura batalla consigo misma. Se la veía triste pero serena. Con solo mirarla sentí alivio: sabía que Tao estaba bien.
Me esmeré en preparar el ritual del té. Puse las galletas en unas bandejitas de madera tallada que sólo usaba en ocasiones especiales. Fui al jardín y corté flores para adornar la mesa. Preparé el jugo de naranja. Y me senté ante ella, dispuesta a escuchar atentamente sobre aquella situación que sabía que tendría gran influencia en la vida de mi amado Tao.
Me contó de la enfermedad de Pablo. De cuan demacrado lo había encontrado. De la madurez de sus reflexiones, lejos ya de la superficialidad de otras épocas. De su decisión de venir a despedirse del niño y de ella. De sus temores de ser rechazado. De su agradecimiento hacia mí y hacia ella por recibirlo después de tanto tiempo de ausencia sin dar noticias.
Me contó de la alegría de Tao al ver a su padre. De la indiferencia con que lo trató al principio. De la fascinación con que lo mira ahora.
No me contó de su lucha por evitar que salga el rencor, ni de los esfuerzos por perdonar. No me contó de las cosas que hubiera querido decirle pero calló por compasión. No me contó de sus miedos ante aquel fantasma que aparecía agigantado ante el niño, por el tiempo y la distancia…
Pero yo, que tengo algunos años más de experiencia, la vi crecer ante mis ojos.
Cuando Ana se fue, tuve la certeza de que Tao tenía dos buenos padres. Porque más allá de las equivocaciones, errores y sentimientos contradictorios, habían podido enfrentarse con ellos mismos, dándole una oportunidad diferente al niño, que lo marcaría por el resto de su vida… Eran dos guerreros luchando esas guerras internas que nadie ve pero que nos transforman para poder crecer…”.
Me produce una rara sensación leer estas notas. Veo toda mi infancia reflejada en la superficie dulce de esos jugos hechos con amor para mí, suaves y aterciopelados como el color de las jirafas que tanto me gustaba mirar con mi madre. Ayer, haciendo lugar en la casa, en el cuarto donde guardaba cosas de mi infancia, encontré la cajita de la comida que le daba a los animalitos del zoológico, junto a los boletines, a los patines que me regalaron para los seis... Todo me habla de aquellos años, de los martes de naranjas y galletitas de limón, de la aparición de mi padre, su muerte y esa tristeza verde-gris de los ojos de mi madre.
Al leer estos cuadernos escritos con dedicación, con esa letra casi dibujada, se me aparece el misterio de las vidas que se entrecruzan, de las historias que se parecen. Yo continué la costumbre y los cuadernos se multiplicaron.
Me estremece esa pregunta que me hago una y otra vez: ¿Qué es un padre? Dicen que las cosas llegan cuando uno está preparado para encontrarlas. ¿Preparado? ¿Qué es estar preparado? ¡La pucha que es fuerte esto!
Quizás estar preparado sea simplemente poder soportar la sorpresa. Justo ahora que estoy preparando el cuarto para mi primer hijo. La emoción me estremece, es como el temblor que sentía cuando escuchaba pasar el tren de las cinco y entonces sabía que mamá volvía a casa.
Decididamente hoy es un día particular. El paseo con Tao y sus preguntas me remontaron al tiempo de la inocencia, época de sueños e ilusiones... y también de pérdidas y dolores inconmensurables. ¿Qué no me arrancó la vida en el momento menos pensado?
Dibujamos las prometidas jirafas. En unos minutos llegará Harmonía, partirá con Tao, y yo continuaré trabajando en los bocetos para la próxima muestra. La bauticé: “Devenires. Homenaje a mis madres, mis padres, mis hijos, mis mujeres, al Amor” …y en seguida me arrepentí. ¿Por qué mis madres, mis padres...? ¿por qué “mis”….? Al fin y al cabo somos todos, simultáneamente, madres, padres, hijos de la vida, hombres y mujeres, volviendo y revolviendo sobre viejas heridas del amor y el desamor.
Yo no tuve abuelos y sin embargo tuve una abuela que no tuvo hijos; pero tuvo un nieto que hasta hoy la adora. Mi madre se casó posiblemente para estar con el hombre que amaba, y se quedó sin él demasiado pronto, pero conmigo. Mi padre no pudo compartir su vida con nosotros, pero sí su muerte…
Me preguntó cómo haré para transmitirle a mi hijo lo que aprendí aquellas tardes de naranjas y jirafas: que el amor se cuida… se deja libre… que amar, se ama volando sobre enojos y resentimientos.
Y me pregunto también cómo le pondré fin a mi muestra.
Mirando estos cuadernos, los nombres que se repiten y se entrecruzan, veo esas redes misteriosas que nos arman y nos desarman al mismo tiempo, y veo que esta muestra no es más que una parte y sin embargo representa mi vida toda.
Dicen que la física aun no ha encontrado el enlace entre la teoría de la relatividad que explica el macrocosmos, el universo de afuera, y la de los fractales que explica el microcosmos, el pequeño mundo, el más íntimo e invisible. En cada pequeñísima, mínima porción del universo está representado el universo entero. La vida es un holograma. Entonces, en esta muestra está mi vida toda. ¡Claro! ¡Es el arte el que da la respuesta! Ese lugar sin tiempo, que no está gobernado por las secuencias lógicas, es lo que en realidad da sentido a todo. Todo fue y será y está siendo.
Aún no sé cómo se llamará mi hijo. Pero sé que seguramente el nombre que le pongamos lo marcará de alguna manera misteriosa. Y tendrá un padre, y tendrá jirafas, y repetirá la historia y la cambiará al mismo tiempo. Y este padre no lo abandonará, y entonces yo tendré un padre.
Mientras me sirvo un té vuelve el sabor agridulce de las galletitas de limón, y me doy cuenta que la muestra está terminada …para volver a empezar.
Tocan a la puerta.




FIN

octubre del 2005 / abril del 2006

Sobre Los martes, naranjas y jirafas

Los martes, naranjas y jirafas fue escrito por Lucila, Liz y Estela en tres vueltas, entre octubre del 2005 y abril del 2006. Es el tercer cuento que se termina como parte de Cuentos Con Vueltas.
Al terminar el cuento, las autoras se autopresentaron así:

Lucila López
Tengo 53 años. Trabajar en este colectivo literario fue una experiencia muy rica, nunca escribí cuentos, soy cronista, lo viví como un desafío y divertimento a la vez.
Ariana y Serpiente, recientemente revelada como pintora, de oficio cocinera, psicóloga social y psicodramatista de profesión, estas vueltas acompañaron un momento de mucho cambio en mi vida e inspiraron y dieron forma a un proyecto literario que está en carpeta.
Madre de dos hijos varones, Pablo y Maximiliano, de 30 y 26 años, y abuela de Camila de 4 y Malena de 2, me siento muy feliz de seguir animándome a emprender cosas nuevas con otros.


Liz
Soy trabajadora social. Vivo en Jujuy. Soy del 64. Siempre me ha gustado leer y escribir. Pero como jugando. Para divertirme, para aprender, para desenchufarme un poco. Este espacio creo que es algo así: un juego creativo, que me resulta divertido. Sigamos pues…

Estela Sagredo
Nacida en Oberá, Misiones, hace 57 años, en la época del año en que florecen los jacarandaes en Buenos Aires, donde vivo y disfruto de los suelos azules de noviembre, los soles fríos de mayo y los bares en silencio para escribir y leer. Psicoanalista y poeta, e intentando ser “cuentera”.


Los martes, naranjas y jirafas resultó escrito sólo por mujeres debido a que, en las dos ocasiones en que se intentó incorporar un varón al grupo, el cuento se trabó, por diferentes –y en algún caso extrañas- circunstancias; de hecho estuvo detenido dos meses y medio.
Esto decidió al administrador a completar el grupo con una tercera mujer. Al hacerlo, el cuento tomó una gran dinámica, tanto que al iniciar la tercera vuelta se resolvió con el grupo que ya se estaba llegando al final (lo habitual son cuatro vueltas).
Paralelamente a éste, se escribió El mandato, otro Cuento con Vueltas hecho a partir del mismo texto inicial por otro grupo, que resultó mayoritariamente de varones.

13 de agosto de 2007

El Mandato

- Vamos, Tao. El niño tendría unos 5 años. Puso la mala cara de siempre que lo contrariaban, miró por última vez a la jirafa, y se dio vuelta cansadamente para irse con su madre.
Se llamaba Tao porque su padre, poco antes de él nacer, se había fascinado con las ideas new age y particularmente con las filosofías orientales, y había insistido en que lo llamaran así. Decía que nacería un niño sabio. La madre, más convencional, quería llamarlo Germán, como el galán de su novela favorita.
A regañadientes el padre algo cedió, y el niño se llamó Tao Germán. "Pero lo llamaremos Tao", sentenció.
Cuando dos años después el padre los dejó y se fue a Brasil detrás de una joven modelo, la madre comenzó a llamarlo "Tao Germán". Poco después debió desistir, cuando la maestra de la salita rosa la citó para decirle que Tao se desconcertaba y lloraba creyendo que los compañeritos se iban a ir y dejarlo solo cuando le decían: –Tao, Germán.
Durante años recordó el episodio del zoológico; fue un hito en su vida, y de allí en más respetó las consecuencias de su juego interno. Harto de la duda de cómo llamarse, ese día le había preguntado su opinión a la jirafa. Él entendería que si se quedaba quieta, la respuesta era Tao, y si no, Germán. Concentrado como estaba en semejante decisión, el llamado de su madre lo confundió y poco pudo hacer mientras se sentía arrastrado casi por la fuerza. Pero no podía dejar de mirarla mientras se alejaba; ella seguía inmóvil y él se había convertido para siempre en Tao.
Le costó aceptarlo, pero aprendió a defender esas tres letras con orgullo. Saber que lo había bautizado una jirafa lo hacía sentir muy especial, y era preferible eso antes que la injusticia de portar un nombre elegido por quien cobardemente había huido después de semejante acto.
Tao Ferreira no tuvo una infancia complicada. Creció rodeado de sus tías Ana y Tati, que lo llevaban a pasear a todas partes y lo colmaban de regalos, y su abuela Olga, que lo malcriaba tratando de compensar la ausencia de “ese cretino”, mientras su madre trabajaba como secretaria ejecutiva de una multinacional. Su niñez pasó, y antes que nadie pudiera notarlo, Tao había llegado a la adolescencia. Pasaba la mayor parte del tiempo con sus amigos, vagando por el barrio, buscando cosas nuevas para hacer.
Mas allá de haber sido bautizado por una jirafa, Tao se creía una persona normal. Esto era así porque siempre había sido él mismo, es decir, no tenía otra referencia suficientemente válida de cómo sentía una persona normal. Sin embargo, independientemente de lo que él creyera, algo extraño crecía en su interior. No en sus venas, no en su cuerpo, sino en su alma y en su manera de ver y actuar. Tao no lo sabía, pero muy pronto experimentaría situaciones nunca antes descriptas en libros ni relatos.
Un ejemplo de lo que tratamos de decir sería su particular relación con las especies zoológicas. Tao tenía de los chicos -y de los humanos en general- una valoración que se podría calificar de deficiente comparada con el alto reconocimiento que sentía, entre otros, hacia su perro Momo. Con él asiduamente visitaba el zoológico, permaneciendo largas horas, conversando en especial con las panteras y los tigres, reyes, para él, de una sabiduría y comprensión muy superior a la de sus congéneres. Les relataba los últimos acontecimientos acaecidos en su casa y en la escuela, pidiéndoles algunas veces consejo, a lo que los bondadosos felinos respondían, más allá de los pobres y embaucadores instrumentos del lenguaje humano, con movimientos certeros y precisos.
Un día ocurrió lo que alguna vez tenía que ocurrir: distraídos en la charla con los tigres, Momo y él, tirados en un rincón de la jaula de sus anfitriones, se olvidaron de la hora. En realidad, se perdieron del tiempo. Desde ya, los guardias en su recorrida de rutina antes de cerrar, no advirtieron, ni siquiera imaginaron, ese conciliábulo que ocurría en un rincón tan alejado de sus aburridas vidas.
Con el atardecer se fue apagando el diálogo, y esa somnolencia que le agarraba al caer el sol, se apoderó de él.
Habría pasado una hora quizás, ya era de noche, cuando Tao se despertó. El desconcierto fue más grande que el temor… esa realidad pertenecía a otro universo. Su fantasía lo había llevado varias veces a situaciones parecidas, pero nunca tan lejos como para saber lo que sucedería a continuación. Un hocico mojado sobre su mejilla lo sacó de sus cavilaciones. Supo que no era Momo, ya que su mano derecha estaba posada sobre el lomo de su fiel amigo. Quiso ponerse de pie, pero la presencia del otro tigre frente a él le restringía el movimiento.
Entonces sucedió algo que solo podía pasar en sueños. El tigre que estaba más cerca de él empezó a hablarle; no con el lenguaje de los humanos, sino con gruñidos y otros sonidos. Lo diferente esta vez fue que él pudo entender todo.
Tao escuchó atentamente y sin interrumpir, y cuando el tigre terminó de hablarle, un pesado sueño cayó sobre él.
Lo despertaron los llamados de sus amigos y familiares, que lo buscaban preocupados, ya entrada la mañana.
Pensó rápidamente qué hacer para que nadie sospechara lo ocurrido; salió de la jaula, fue hasta la sombra de un árbol, se acostó y se hizo el dormido hasta que su tía Ana lo encontró.
Necesitó inventar algo coherente cuando empezaron a llover las preguntas, y pudo sortearlas sin mayores complicaciones.
Los días pasaron y Tao no podía dejar de pensar en las palabras del tigre. Poco a poco, en la escuela, con sus amigos, en su casa, le fueron ocurriendo algunos cambios, al principio tomados como divertidos, pero luego un poco más preocupantes.
Que Tao no se despegara jamás de Momo, incluso a la hora de irse a dormir, era una suerte de manía que ya no sorprendía a nadie. Más extraño era el mutismo con que comenzó a quedarse pegado al canal de animales de la televisión. Y más aún lo fueron otras metamorfosis: los besos a su madre, tías y amigos fueron reemplazados por algo así como lamidas... amorosas, tiernas y suaves lamidas a la hora de despedirse o recibir a alguien. Y si esto, que al principio pareció divertido, se volvía disgusto o molesta reprensión, la respuesta de Tao no se hacía esperar, bajo la forma de un sordo gruñido, leve y algo amenazante al principio, agresivo e irascible después.
Rarezas de un chico criado sólo por mujeres, un poco sobreprotegido, decían algunos. Pero las cosas tomaron otro carril cuando su tía Ana, cansada de recibir como respuesta a sus concretas preguntas, indescifrables sonidos guturales, terminó propinándole una sonora bofetada que el pequeño felino contestó con un inmediato zarpazo en la cara.
Gritos, histeria y llantos en casa del bueno de Tao, quien nada comprende de todo ese alboroto, y sale corriendo, seguido por su fiel Momo. Corre como enceguecido y sin meta, aunque se trate en realidad del conocido trayecto a las afueras de la ciudad, donde se encuentra el zoológico.
Su olfato reconoce el camino, sus ojos no; los colores ya no son los mismos y los objetos tienen una vibración nunca antes vivenciada por él. Se da cuenta de que capta la realidad con todos sus sentidos, está más presente que nunca.
De pronto ya no corre, camina lentamente, siente claramente su peso sobre sus mullidas patas. Aunque todavía conserva su forma humana, se percibe a sí mismo como surcado por cientos de rayas negras que definen un dibujo muy particular. Sabe que ha cruzado un umbral… Tao es el todo y la nada, el adentro y el afuera, es un solo ser habitado por dos universos, pero todavía entero.
Repentinamente recuerda las palabras del tigre y con toda decisión cambia el rumbo y se dirige al museo de ciencias naturales.
Pasó allí horas y horas buscando en las bases de datos, hurgando en los archivos. Pero no había caso, no aparecía ningún registro que hablara sobre eso.
A punto de rendirse estaba, cuando tropezó con la información de un reciente incidente ocurrido en algún lugar de Europa con una chica que se comportaba como un reptil. Luego, casi por coincidencia, encontró una noticia referida a estudios que se habían hecho varios años atrás a un anciano que se comunicaba extrañamente con las aves, estudios que habían quedado inconclusos porque éste se había escapado volando.
Estaba en eso, cuando su olfato comenzó a percibir un olor que le trajo reminiscencias del jaulón de las águilas del zoológico.
A medida que el olor se hacía más fuerte y evidente, comenzó a percibir que algo o alguien estaba detrás de él. Con un movimiento brusco se dio vuelta, y cerca estuvo de atrapar a ese ser; pero éste insólitamente se elevó, con tal rapidez que ni siquiera pudo tocarlo. Inmediatamente supo que era el anciano-águila.
Ese incidente transformó algo dentro de él. Aunque sin poder ponerle palabras, Tao sintió, simplemente sintió con todo su ser, la bendición de una situación excepcional que por alguna razón había caído sobre él: lo que la mayoría de las criaturas tienen negado, a él le había sido otorgado.
Estiró sus mullidas patas, se rascó la piel lustrosa y bostezó complacido. Al salir del museo, la calle repleta de autos y la gente apresurada lo molestaron como una antigua y dolorosa agresión. Algunas palabras leídas en los archivos del museo saltaban sin rumbo en su mente… “extrema sensibilidad con los instintos primigenios”, “patológica abolición del super-ego”, “retorno psicótico a una sensibilidad instintiva abolida por la civilización”, “otra realidad aparte”, etc., etc.
Se detuvo frente a una vidriera atraído por fotos que publicitaban cortes de carne. Sintió hambre y refregó su lomo contra el vidrio. Entró sin vacilar. Desplazándose naturalmente entre la gente, llegó al sector de la carne y retiró tres buenas chuletas, para salir, obviando colas y demás trámites, a la felicidad del luminoso día. Un par de personas salieron corriendo tras él vociferando agresivamente. Comprendiendo a medias lo que estaba sucediendo, Tao también comenzó a correr, dirigiéndose decididamente hacia el atajo que lo llevaba al gran parque, donde se sentía más protegido y en casa.
Cansado, se tiró en la hierba fresca y se quedó dormido.
Tuvo un extraño sueño: una persona cuyos rasgos le resultaban familiares, discutía con alguien a quien él no podía ver, y le decía algo así como "No me pregunte qué hago aquí, no sé... tampoco sé de dónde saqué todo esto ni por qué lo hice... yo nunca quise escribir... pero papá insistió, insistió, insistió... y no es que tuviera mucha autoridad ni fuera muy convincente... yo lo veía trabajar y trabajar, todo el día, todos los días de su vida, sólo para que yo pudiera estudiar y ser alguien... demasiado tal vez, sí, creo que trabajaba demasiado… a veces me parece que le faltó garra para pelearle a la vida de otra manera... pero él decía todo este sacrificio lo hago por vos, para que puedas llegar a ser alguien... como era tu abuelo, ¿ves?... él sí tenía vuelo... y una generación entera ha leído sus maravillosos cuentos... pero vos...".
La garúa lo despertó …y no solo la garúa, el sueño también.
Se sintió confundido; no entendía qué hacían esas chuletas bajo su remera. Las imágenes se apretujaban en su cabeza… la carrera hacia el zoológico, el cambio de rumbo hacia el museo, la información, el anciano-águila, las palabras del tigre, ese rostro del sueño… todo en un instante. Y ese vacío de siempre.
Poco a poco se fue aquietando, respirando más profundamente. De golpe le vino el recuerdo de un día en que su tía Tati había arrebatado de sus manos una foto encontrada por él entre viejos papeles, que en el dorso tenía escrito en letra muy clara: “Sé que todo esto es difícil, pero a pesar tuyo, algún día Tao entenderá que mi lib…”, y no llegó a leer más. ¡Ésa era la cara del sueño, la de la foto! La otra presencia, la que en el sueño no podía ver, le resultaba de sobra conocida, por ser casi el único interlocutor con quien compartía un código común en los últimos tiempos, tras los barrotes de la jaula.
Al levantarse se dio cuenta que sentía su cuerpo más liviano. En vez de lamerse para limpiarse el pasto, como se había acostumbrado a hacer, se lo sacudió con las manos. Comenzó a caminar rumbo al zoológico, guiado por la certeza de que su amigo lo esperaba impaciente.
Al llegar, le dio las chuletas y lo miró a los ojos. El tigre sostuvo la mirada. En ese lenguaje en que se comunicaban, Tao le preguntó: “¿Dónde está mi padre escribiendo ésta, nuestra historia?”.
El sabio felino pareció sonreír de alegría al encontrarse con el muchacho y su liberadora pregunta. Antes de contestar, le lamió tiernamente la cara, colocando una de sus patas sobre el hombro derecho de Tao, como protegiéndolo.
- Son muy pocos los humanos –dijo- que comprenden algo tan simple como que el universo está movido por amor. Y bien, tú eres uno de esos pocos, mi querido amigo. Y al comprenderlo lo estás sosteniendo también... estás evitando su desbarranco total… La mayoría de tus congéneres se mueven adquiriendo cosas y comprando seguridades, olvidando esta verdad tan simple y construyendo castillos de arena que el primer viento aniquilará...
Se detuvo, como dándole tiempo para terminar de pensar lo que le estaba diciendo.
- Ahora sí entiendes, mi pequeño amigo –continuó al rato- que no hay nada en este mundo que muera definitivamente. Tampoco la muerte de tu pobre padre, que ahora está aquí, más que nunca, con nosotros… Nada hay que escape a la cadena de causas y efectos. No sólo lo que se hizo en este mundo es lo que queda, también lo que no se hizo, lo que no se pudo hacer, lo que otros deberán completar...
Con los ojos llenos de lágrimas, Tao se acurruca en el cálido regazo de su fiel amigo, quien con enorme ternura le lame la cara como queriendo secarle las lágrimas. Luego se deshace suavemente del muchacho. Una mirada de despedida se cruza entre ellos, una mirada cargada de agradecimiento, de conmovedora esperanza.
Tao vuelve al parque. Va caminando lentamente, se siente casi flotando, liberado de una carga insoportable para ese tierno corazón, ahora henchido de paz y abierto a un horizonte lejano pero luminoso.
Con Momo dando vueltas a su alrededor contagiado de una suerte de alegría que no sabe de dónde llega, Tao se sienta a la sombra de un árbol, saca papel y una birome de su mochila, y comienza a escribir:
- Vamos, Tao.

FIN

octubre 2005 / febrero 2006

Sobre El mandato

El Mandato fue escrito por Laura, Juan, Raúl y Goio en cuatro vueltas, entre octubre del 2005 y febrero del 2006. Es el segundo cuento que se termina como parte de la experiencia Cuentos Con Vueltas.
Existe un tercer cuento, llamado Los martes, naranjas y jirafas, escrito por otro grupo a partir del mismo texto inicial, también como parte de Cuentos con Vueltas.
Al terminar el cuento, los autores se autopresentaron así:

Laura
Nací en el '52 y luego de variedad de actividades y conocimientos, de ensayos y errores, llego hoy al privilegio de trabajar dentro de lo que más me gusta, la plástica y la astrología. Vivo en Buenos Aires.Viajera de los mares de la creatividad, llegué un día a las tierras de CCV, un espacio que abre la posibilidad de experimentar la escritura (antes solo reservada para "los que saben") desde un juego que propone unirse a ocasionales e incógnitos compañeros de ruta para el desafío de entramar historias conjuntas. Casi mágicamente me he convertido en "cuentera"; una aventura impensada, un placer.

Juan
Mi nombre es Juan Andrés González. Aunque un poco novelesco y no muy original, me gusta. Soy de Jujuy, tengo 22 años y vivo en Córdoba. Estoy terminando una Tecnicatura en Sonido y toco la guitarra. Siempre me gustó escribir, pero nunca pude hacer mucho más que canciones o poemas. La verdad, me gustó mucho ser uno de los cuatro corazones de El Mandato.

Raúl Rosseti
Viajero y escritor, publicó un libro en Holanda y dos en Argentina (estos últimos son "Samsara", Ed.Legasa, 1989, y "Túnez y otras orillas", Ed.Sudamericana, 1993). Se trata de libros de viajes autobiográficos, al igual que el que está escribiendo actualmente, una suerte de “memorias”. Este cuento sería entonces lo primero que escribe en la denominada categoría de "ficción" -suponiendo, claro, que toda la literatura no entrara dentro de esa categoría y pudiéramos exceptuar biografía y ensayo...Tiene 60 años y reside actualmente en Buenos Aires, donde se dedica a la traducción.

Goio
Tengo 55 años y vivo en Jujuy. Trabajo en proyectos empresarios y sociales. Soy astrólogo. Me gusta escribir. Lo he hecho en diferentes momentos de mi vida. Soy un poco el papá de Cuentos con Vueltas. Se podría decir que me he convertido en un Administrador de Cuentos...

Destellos

- Tomá, leelo... -Javier no salía de su asombro. Sacó la hoja del sobre, y leyó.
"Querido tío: "¿Cómo estás? ¿Cómo andan todos por allá?...
"Hoy tengo mucha necesidad de escribirte, sabés?, será la distancia, o no sé qué, pero me he dado cuenta que las cosas más importantes de mi vida siempre las he compartido con vos antes que con ninguna otra persona.
"Mi vida en esta ciudad ha ido tomando un cauce cada vez más raro. No sé, no creo haber hecho nada especial para que así ocurra. Sin embargo, desde algún lugar intuyo mi aporte. No sé, es desde las percepciones, hasta los sentidos se me aparecen como resaltados, los órganos incluso parecen palpables. Es un estado tan diferente al que estoy acostumbrado, sabés bien de qué te hablo. Las emociones y los impulsos...".
Detuvo la lectura con esa cierta inquietud de quien presiente la frase siguiente, de quien pierde por un instante la conciencia entre lo ya leído y lo que aún resta por leer.
El apenas leve sonido de los dedos recorriendo línea a línea las palabras sobre el papel había sido interrumpido por una repentina ráfaga de viento, que atravesando las cortinas, hizo sonar tenuemente el adorno de campanillas que colgaba muy cerca de la ventana.
Giró la mirada y se quedó como absorto en el sonido que despedían las brillantes laminillas de metal, que en su incesante movimiento provocaban pequeños destellos de luz que se proyectaban en la semipenumbra de la habitación. Era como si el tiempo se hubiera entremezclado hilvanando pasados y presentes en absoluto desorden.
- ¿Estás bien...? – le preguntó Mercedes con cierto arrepentimiento de haber puesto la carta en manos de su marido.
- Sí... sí... – contestó Javier, como distraído. Le vinieron imágenes de Martín cuando era chico. No había tenido demasiada relación con sus sobrinos, pero sí, ahora creía recordar que con Martín siempre había habido algo... algo especial.... ¿o lo imaginaba ahora?... Le vino abruptamente una escena a la cabeza: Martín, que era muy chico (...debía tener unos cuatro o cinco años... quizás menos...) apareció de golpe en su casa... llegó solo (lo cual no tiene sentido, pensó ahora, vivían a media hora de colectivo de mi casa), abrió la puerta y entró (¿cómo entró?... ¿no cerraba yo la puerta con llave en aquella época?...)... casi sin saludarlo, se paró delante de él y le dijo algo...algo como si hubiera conseguido olvidarlo…
- “Yo voy a cortar la cadena”.
A pesar de lo extraño y lo borroso, ese algo le zumbó por años en la cabeza, en los oídos y en las muelas.
Desde antes, desde siempre, Martín lograba en él esa conmoción, esa sorpresa, esa mezcla de estupor y mal gusto. Desde siempre, vencía el tiempo y la desproporción logrando adueñarse de él y dejarlo en el anonimato y el vacío.
Luego volvía a la normalidad, seguía jugando, desentendido, como si tal cosa... Ahora con la carta volvía a hacerlo, volvía a anticipársele, desnudando con la mayor naturalidad el estado pendiente que Javier aún no había logrado alcanzar. Una y otra vez, Javier quedaba vulnerable, anulado.
Cortar la cadena… Cuántas veces Mercedes había querido que “el tío” olvidara para siempre, definitivamente, a su “querido y recordado sobrino”. Cuántos esfuerzos inútiles.
Para Javier, sonaban muy lejanas las reiteradas advertencias de Mercedes y del Dr. Ordóñez – su médico de cabecera - acerca del creciente deterioro que sufría su salud física y mental.
El adorno de campanillas volvía una y otra vez. Aquel sonido vibrante e intangible, insistía y convocaba. Javier supo que había llegado el momento de leer el último párrafo de la carta.
Volvió la vista al papel. “Las emociones y los impulsos parecen no tener freno y su represión me atormenta y me tortura. Intuyo que hoy… elijo que hoy sea el día para poner punto final a todo esto y como te dije, lo comparto con vos antes que con ninguna otra persona, como siempre. Me he decidido, voy a hacerlo”.
Así terminaba su carta, sin despedida pero con ese punto final que Javier no podía sostener, por no animarse, por no soportar la carencia ni encontrar la firmeza necesaria.
Javier quedó atónito. Otra vez Martín se concretaba a sus expensas.
Afuera moría la tarde y los primeros sonidos de la noche invadían la habitación, ya casi en penumbras.
Las campanillas decidieron detener su movimiento. Era curioso. Un suave destello proveniente de las láminas de metal emitía un haz de luz que dibujaba sobre el piso, en un rincón de la pieza, un círculo luminoso de extraña palidez.
Y allí, justo allí, en ese círculo azulado, se hallaba Martín, con el cuerpo oscuro y ese rostro profundamente sereno, como antes, como siempre...


*

El lunes siguiente, al volver del trabajo, Mercedes encontró otra carta bajo la puerta. Miró el remitente, la puso en su cartera, entró en la casa y se aseguró de que Javier no estuviera.
Se sentó en el sillón grande, la abrió, respiró hondo y leyó:
“Mercedes, querida hermana:
Toda esta semana he estado pensando en vos. Será tal vez porque, como seguramente vos también habrás recordado, en estos días Martín habría cumplido 23 años... Parece mentira, aunque hace ya casi 20 años que se fue, es como si...” –se detuvo, apoyó el papel en su falda y se quedó como mirando al vacío.
Al rato (no podría decir cuánto tiempo pasó) volvió quién sabe de donde, miró el papel con sorpresa, como si recién lo viera, lo levantó y metió su vista entre el texto, a quemarropa, donde la mirada quiso caer. “...que muchas veces me he puesto en tu lugar, y me imagino que el dolor de una madre por su hijo es algo que ningún tiempo puede borrar...”.
Le pareció sentir pasos. Era Javier. Había llegado más temprano y la miraba con ojos inertes, agotados, acostumbrados a los lenguajes cuyas palabras parecen no decir nada.
- Carta de mi amiga Valeria…-intentó disimular.
- Me imaginaba… ¿Alguna referencia a mi persona?
Mercedes se mantuvo callada.
- Me imaginaba…-. Tomó un vaso usado, el que encontró más a mano, la botella de whisky, apuntó a su habitación y cerró con llave. Otra vez, otra más, otra inacabable vez más…
¿Qué contención encontraría Javier entre esas cuatro paredes, acorralado entre penumbras y destellos persecutorios girándole alrededor de su escabiada cabeza? Mercedes sentía envidia de la capacidad que él tenía o inventaba tener para no volver a acercarse a aquel 12 de abril de 1976.
El doctor Ordoñez se equivocaba, o al menos se equivocaba a medias. No había en Javier deterioro mental, lo de él era un poder.
Ojalá Mercedes pudiera evadirse, alucinar o lo que puta fuera eso. Pero a ella, como una constante, a diario la torturaban los flashes de las imágenes, desde las más lejanas a las más recientes... 1970 / Conoce a Horacio Pastoral / Él y su “coro”, como llamaba a la gente de la causa / Javier, su cuñado, con su calma, su centrado criterio / 1971 / Feliz convivencia con Horacio, se casan / Primera sospecha de persecución mientras caminaban por Corrientes / Javier protector, alertando / 1972 / Mercedes se embaraza / Horacio absorbido por las pasiones políticas / Ausencia, vacío / Javier… está / 1973 / Horacio… no está / Nace Martín Pastoral, sí, Pastoral / Horacio abocado a su lucha / 1974 / Primera amenaza telefónica / Javier… sigue estando / 1975 / Mercedes abocada a Martín / Mercedes ajena al movimiento / Mercedes ajena a Horacio / 1976 / Encuentro que desde el 73 es habitual: Martín en la plaza con Horacio / Departamento de Javier / Irrumpen ellos / Mercedes en la cocina / - ¿Dónde está?, le gritan / Javier queda en el cuarto / -¿Dónde?, lo aprietan / al no verla él habla… / Horacio y Martín no vuelven / Mercedes no confiesa la verdad a Javier ni lo hará nunca / Javier, su hermano y su sobrino…su sobrino… / Mercedes y Javier quedan… ¿vivos? / Mercedes no habla ni hablará / 1977 / de allí para aquí… a búsqueda… de allí para aquí… el silencio… allí y aquí… la nada.


*

Encandilado y ciego entre laminillas de metal, Javier volvía a aquel estado al que Martín lo encadenaba, allí donde las percepciones y los órganos se vuelven palpables, donde el dolor se pierde, donde la inercia no pesa. Allí donde podía sentirlo cerca, estar… estar con él… encontrar desahogo… lejos, lejos de todo… lejos también de Mercedes y su patética intención por volverlo a la vida... a pesar de todo… a pesar del doliente y maldito reclamo de su malmuerto hermano, de la más terrible sensación de carencia, a pesar de su propia y detestable persona… a pesar de todo.
Cortar la cadena… ¿podría alguna vez tomar el impulso y animarse?


*

El martes a la mañana, casi lista para partir hacia el trabajo, Mercedes escuchó que golpeaban a la puerta.
- ¿Quién es? – preguntó a las apuradas, con el último sorbo de café en su voz.
- ¿Podría usted abrirme, por favor? –dijo alguien del otro lado, con perceptible acento español.
Abrió. Un joven la miraba con su misma extrañeza. Alto, rozagante. Fuerte, pero con un toque de timidez... Por un momento se le ocurrió... no puede ser, le volvió de golpe la imagen de Horacio... no, qué estoy pensando... Dios mío, se me hace tarde... la inconfundible quijada de los Pastoral...
- ¿Tú eres Mercedes? –preguntó resuelto el joven alto.
- ¿Quién... quién es usted...? –balbuceó ella con su mirada en las manos del joven.
- Pues... vale, que de eso se trata... es que creo que yo... Vamos, qué difícil... Oye, ¿no has recibido una... digo, eh... una carta de...? –se interrumpió.
En realidad lo interrumpió el sonido que una repentina ráfaga de viento, atravesando las cortinas, hizo oír tenuemente desde el adorno de campanillas que colgaba muy cerca de la ventana.
Sorprendido, el joven miró hacia adentro de la casa, por detrás de Mercedes. La ráfaga de viento lo empujó tres escalones arriba, haciéndolo detener en el umbral de la puerta.
Y allí se quedó, se quedó como absorto ante el sonido que despedían las brillantes laminillas de metal, que en su incesante movimiento provocaban pequeños destellos de luz que se proyectaban en la semipenumbra de la habitación.
Es curioso... Era como si el tiempo se hubiera entremezclado, hilvanando pasados y presentes en absoluto desorden.


FIN

agosto / diciembre 2005

15 de junio de 2007

Sobre Destellos

Destellos fue escrito por Andrea, Enrique y Goio entre agosto y diciembre del 2005, como parte de Cuentos Con Vueltas.
Al terminar el cuento, los autores se autopresentaron así:

Andrea
Soy Andrea, he cumplido 42 años y tengo tres hijos maravillosos. Trabajo como maestra en un jardín y como coordinadora de un grupo de cesación tabáquica. Escribir me gustó y acompañó siempre, me permite conectarme mejor con los demás, desde un lugar más profundo. Me ayuda a descomprimir un poco mi vida, a jugar y a vérmelas con ella. Disfruto de integrar esta vivencia literaria con ustedes.

Enrique
Enrique Monterroso es, creativamente hablando, un adolescente fugaz de 53 años. Amante de las tormentas y de las pasiones humanas lo más escandalosas posibles, investiga a golpes las verdades de los personajes de esta comedia cotidiana, es decir, aquello que callan, sus deseos y fantasías que habitan el silencio y la soledad de la existencia. Es Director de teatro y autor de varias obras, ensayos e ideas en espera. Incursiona actualmente en el guión cinematográfico. Aún no es famoso.

Goio
Tengo 54 años y vivo en Jujuy. Trabajo en proyectos empresarios y sociales. Soy astrólogo. Me gusta escribir. Lo he hecho en diferentes momentos de mi vida. Desde hace poco, me he convertido además en Administrador de Cuentos...


RESEÑAS

Al terminar el cuento, uno de los participantes propuso que cada uno reseñara de qué se trataba el cuento a su entender, para compartir las visiones. Esto es lo que resultó:

1- Destellos es la historia de un hijo desaparecido y su padre. Es la historia de una búsqueda intuitiva con sus inercias, depresiones, alucinaciones y vacíos. Es la historia de lo que pasó o pudo pasarnos, de parte de lo que fuimos y de lo que somos. Deja entrever atípicas conexiones a través de las cuales dos almas pueden presentirse, buscarse, reconocerse y encontrarse.

2- La llegada de una carta hace desnudar en los personajes de esta breve pieza literaria sus profundas soledades y dolores más intensos. El clima sombrío, los persistentes silencios y el vaivén temporal del pasado y del presente no hacen más que reflejar la insoportable agonía que sufren en su más insondable interior los protagonistas de esta historia. Almas muertas consumiendo sus últimos instantes de cordura sumidas por una cadena de hechos donde la ilusión o el olvido ya no tienen ni siquiera la más insignificante esperanza de sobrevivir. Sólo el casi imperceptible sonido del adorno de campanillas y sus erráticos destellos de luz marcan el ritmo de una historia repleta de silencios y penumbras. Precisamente es tal vez en esas laminillas de metal donde duerma subyacente el misterio de una trama, que como tantas otras, nunca llega a revelarse, postergando su final o haciéndolo propio en la sangre no inocente del lector.

3- Javier recibe una carta de un sobrino y entra en un raro estado de irrealidad. De hecho, parece vivir en esa irrealidad, que incluye una especie de presencia fantasmal de Martín, su sobrino. Mercedes, su mujer, parece más anclada a lo real, si bien se va revelando que vive perseguida por las imágenes de cosas vividas hace más de veinte años, que incluyen la desaparición de su marido y de su pequeño hijo Martín en 1976. Al final del cuento, un joven con acento español, que bien podría ser Martín, llama a la puerta. Para ese entonces, el relato ha ido diluyendo las fronteras entre lo real y lo irreal, como sumiéndonos en el mismo clima en que probablemente vive Javier ...y ya no sabemos si Mercedes también. El joven que llega tampoco puede sustraerse a esa confusión (lo cual queda simbolizado por la repetición casi literal, al final, de un texto -una vivencia– ya relatada en los inicios). El cuento deja sin contestar las preguntas que plantea. Igual que como han vivido hasta ahora los protagonistas. Cuando la mente delira, se vuelve imposible distinguir lo real de lo imaginario. Cuando toca vivir realidades que superan todo lo imaginable, también... ¿Cómo se hace para cortar esa cadena?

Algo más sobre Cuentos con vueltas

Si ya leíste la presentación y te parece más o menos interesante, o te despierta curiosidad, aquí va una ampliación:

DOS AÑOS DE CUENTOS

Desde su inicio en el invierno del 2005 hasta el momento (junio del 2007) se ha concluido una decena de cuentos. En ese proceso han participado hasta ahora algo más de 20 personas. Algunas de ellas han estado en 2, 3 o hasta 4 cuentos, y siguen. Otros escribieron un cuento y dejaron. Periódicamente se suman nuevas personas.

Actualmente hay cuatro cuentos girando (es decir, escribiéndose), en manos de 9 cuenteros/as reincidentes y 3 debutantes. Esta camada de cuentos se está escribiendo con un par de innovaciones en el proceso respecto de los anteriores: sus textos de inicio fueron propuestos por los propios cuenteros/as (pero no para el propio grupo), y se ensaya una versión de “cuentos cortos” (se pide escribir no más de 10 a 15 renglones por intervención).

En Cuentos con vueltas (CCV) hay reglas, pero un amplio margen para la creatividad e incluso para la transgresión. Normalmente, cuando alguien se sale de la regla (dentro de los límites del sentido común) se tiende a considerar que eso es parte de la creatividad, que algún sentido tendrá y que es bueno incorporarlo a lo que está ocurriendo. Algo similar a lo que normalmente hace el artista.Se ha dado el caso de cuentos que se han iniciado y no han concluido, especialmente al principio. Al ir decantando algunas rutinas, algunas reglas y un rol de “administrar” el vuelterío, esto ya no ocurrió.

EL ADMINISTRADOR

CCV tiene un “administrador de cuentos”, que cumple el rol de organizar los grupos, proponer las pautas y sostener la rueda girando, recibiendo y reenviando los mails, y “rescatando” el hilo cuando algún cuento se estanca o algún cuentero/a se pierde en el ciberespacio. También busca estimular y encauzar el surgimiento de propuestas y los “debates” (virtuales) que se generan en el proceso de escritura. Se trata de un rol que, en nuestra experiencia, ha sido importante para que se lleguara a buen puerto en la gran mayoría de los cuentos que se iniciaron.

CUENTOS PARALELOS

El cuento se inicia con un texto corto y abierto. En ocasiones, se lanza a rodar un mismo texto inicial en más de un grupo (es decir, para más de un cuento). Fue el caso de El Mandato y Los martes, naranjas y jirafas, y también el de Perdido, Charcos y Flores rojas. Es interesante verificar los paralelos, polarizaciones, etc. que se producen en ese caso, considerando que se trata de grupos que no tienen contacto y, más aún, que ni siquiera saben que otros están escribiendo al mismo tiempo a partir del mismo texto. Algunas vivencias y coincidencias que hemos experimentado en este andar parecieran reflejar y hacernos sentir y palpar vívidamente, muchas veces, la existencia de un verdadero campo grupal y de creación colectiva, aún a la distancia y en el anonimato.