10 de noviembre de 2007

Esta vez no se fue




Esta vez no se fue, no apareció esa súbita urgencia de ponerse a salvo del seductor misterio que lo atrapaba al llegar ese momento; esta vez sintió la necesidad de quedarse acariciándola un rato más. No tenía motivos especiales, simplemente ganas de conectarse explorando más abiertamente el placer de los sentidos.
Ella, sonriente, se dejaba recorrer, sintiendo cómo sus células quedaban nutridas por ese calmo deleite.
La luz era tenue, amarillenta, suficiente para generar sombras que jugaban ondulantes en sus cuerpos. El aroma, el que ellos mismos emanaban, que se mezclaba con el de los leños encendidos.
Afuera el viento; adentro, la respiración y sus voces.
La energía fluía, invitándolos a romper corazas que parecían acumuladas por milenios, corazas que acudían a cada encuentro, victimizándolos ritualmente.
- Me gusta explorarte, ir descubriéndote poco a poco… como Robinson a su isla.
- Pero yo no soy tu isla... Y no sé cuántas islas tenés para explorar en tu archipiélago...
- Vos tampoco sos…
El móvil lo interrumpió, con la Habanera de Carmen de Bizet.
- Es el tuyo, Mirta. ¿Atendés?
- Pasame…
- ¡Hable!!! ¡Hable!!!... Se escucha entrecortado, no llego a reconocer la voz, no sé… no hay caso…
Volvieron a encontrarse con los ojos, tratando de retomar la actitud que los acercaba. Pero era una constante: las veces que él no lograba escabullirse a tiempo, después del amor llegaban las facturas, y a continuación el disgusto y el enojo. Después, a seguir con sus vidas.
Y al tiempo nuevamente volvían a pensarse, a tratar de rearmar cada momento, las sombras, los cuerpos, los leños, los aromas…
Así era cada vez, así era cuando se sentían sudar, cuando la respiración se les cortaba, cuando necesitaban revivir aquel momento una vez más.
Memorias, ecos, deseos de retener un tiempo que los había sorprendido, transformándolos más allá de toda expectativa.


Ese tiempo se remontaba a dos décadas atrás, con una Mirta de 26 años, recién recibida de arquitecta y embarcada en un noviazgo que prometía convertirse en meseta, con poco colorido y una creciente tendencia a las rutinas; y un Leandro orfebre, de la misma edad, pero casado desde los 20 con una mujer cinco años mayor que él, con la que ya tenía dos hijos en un matrimonio en el que se apagaban las últimas brasas de la pasión que un día lo llevara a cometer lo que fuera en nombre del amor, y en el que ahora su universo iba quedando reducido a la responsabilidad de obtener el pan diario.
Él vivía en un pueblo del Norte. Habitualmente tenía su taller abierto al turismo hasta muy tarde. Allí llegó Mirta, una noche de lo que estaba planeado por ella como unas cortas vacaciones con una amiga.
Cuando entró no lo vio; él estaba en la parte de atrás del local, terminando de pulir un colgante, y la observaba.
- Podés agarrarlos si querés...
La voz de Leandro se le arremolinó en el estómago y un sudor repentino la empapó de pies a cabeza.
- Gracias … en realidad no sé cuál elegir...
Leandro apareció, le sonrió, y tomando uno de los anillos que ella miraba, lo colocó en su dedo.
- Te queda muy bien. Es tuyo, te lo regalo...
- Pero... - La mente de Mirta quedó en blanco.
- Lo hice para que luciera en una mano como la tuya...
Leandro tampoco entendía qué le estaba pasando ni qué estaba haciendo. Sin pensarlo, agregó:
- Estaba a punto de cerrar, te invito a tomar un café.
- Mmm... bueno -contestó Mirta, no del todo convencida del anillo ni del café, ni de nada.
Se miraron un momento. Él alzó las cejas, levantó suavemente los hombros y se sonrió, reafirmando su habilidad para aprovechar su impulso y su decisión como estrategia.
Ella, entre sorprendida y desubicada, lo veía apagar las luces, cerrar los postigos, echar llave, sin dejar de mirarse el anillo, calzándolo y descalzándolo, como tratando de entender qué era lo que la incomodaba y qué lo que la atraía.
Poco caminaron sin hablar.
- Éste soy, y de esto vivo desde hace algo más de 6 años.
- Yo soy de Mendoza, estoy de paso… bueno, estamos… vine con una amiga.
Cruzaron, entraron en el bar y se sentaron.
- Gracias - dijo Mirta, apuntándolo con el anillo.
- De nada, fue un verdadero placer y una verdadera excusa.
Ella bajó la vista; le costaba sostener una mirada cuando se sentía enrojecer. Le buscó las manos, las miró y le gustaron. Manos nobles, pensó. Él, como adivinándola, capturó la mano de ella, se la acercó y miró con ojo crítico su obra.
- Me encanta… -dijo, envolviéndola después con el calor de sus manos. La otra mano de ella, la que faltaba, también se apoyó sobre la mesa y entonces fue natural encontrarse, conocerse, descubrirse a través de las manos.
-...el anillo… me encanta…


La Habanera de Carmen emergió otra vez con la realidad.
- ¡Hola!!! ¡Hable!!!...-¿qué será lo que no soy, lo que según él “tampoco” soy?, se preguntaba Mirta, recobrando nuevamente su furia, mientras intentaba escuchar a quien estaba en la línea.
- Hola…¿Mirta?... ¿no me ois?... ¿por qué gritas así? -dijo el que llamaba.
- …Nada... es que este aparato hace mucho ruido. ¿Vos llamaste hace un rato? ¿Dónde estás? -dijo ella tapándose con la sábana, como si el teléfono tuviese visor.
- Sí,....todavía estoy aquí, tuve que postergar el vuelo de mañana porque no terminamos con los contratos, surgieron temas a último momento y todavía no llegamos a un acuerdo. Creo que esto va a llevar un par de días más. ¿Vos como estás, me extrañas?
- Síii… todo bien, no te preocupes por mí, estoy aprovechando para adelantar los planos de la obra nueva- dijo ella mirando al cielo y moviendo la cabeza de un lado para otro.
Leandro la miraba mientras hablaba, y le tironeaba la sábana como intentando ignorar esas dolorosas interrupciones que de alguna manera justificaba. Nunca lo abandonó la culpa de no haber llegado a una cita… a la más importante, a esa que habían planeado durante los cuatro meses de su apasionada relación, en la que huirían por la madrugada para no separarse más. Tiempos sin celulares para haber podido llamarla y contarle que a esa misma hora que debían abordar el micro, él estaba entrando al quirófano con una repentina apendicitis aguda.
- ...Te espero, un beso –concluyó ella, y echó el móvil debajo de la almohada.
¿Por qué tiene uno que vivir eternamente atado a su pasado, a sus errores, a sus miedos, a la falta de coraje? ¿Por qué tiene que ser tan difícil vivir como uno realmente quiere? El mismo pensamiento sin palabras conmovió en un instante la penumbra de sus almas. Un rayo que de pronto descubre en la noche un paisaje escondido en la oscuridad.
- ¡Hace mil años que te espero! –estalló Leandro, incorporándose de golpe.
- ¡Ay, perdón!... empezamos con los boleros, parece…-dijo, ella refugiándose en su coraza-. Te recuerdo que esperar, nos esperamos los dos, y que esto que se armó lo armamos entre los dos, enterate… Fuiste vos el que se hizo esperar una madrugada de hace “mil años”, ¿o no?... Y además, es cierto, tenés razón, yo tampoco soy Penélope... ¿o no fue eso lo que dejaste picando?
- Ahí está, ¿ves?... estaba seguro de que ibas a llegar a este punto, ¡qué poca originalidad la tuya!... Siempre armamos lo mismo, es verdad. ¿Por qué no puedo salir de esto?... Siempre tirándome culpas, bronca, dolor… No he visto relación más insistida…
Leandro, brusco, empezó a cambiarse, mientras Mirta, enredada entre las sábanas, intentaba romper esa gélida actitud que, con despecho, la llevaba una y otra vez a lastimarlo cuando se acercaban las despedidas. Era su escudo. La protegía del dolor y la desazón que sufriera veinte años atrás, y que la habían hecho buscar seguridad en una vida sin matices junto a alguien a quien no amaba.
Se habían vuelto a encontrar por casualidad, ¿o por destino?, durante unas vacaciones, en una playa, muchos años después de aquel desafortunado episodio. Esta vez la primera consejera de Leandro fue la cobardía, no la audacia. Pero no pudo evitar que al volver a verla todo su ser vibrara como aquella vez del anillo. Ese anillo que ella nunca había dejado de usar, porque le recordaba que en algún lugar había una Mirta capaz de sentir alegría.


Al ver a Leandro subir el cierre de su pantalón, la estremeció la sensación de que un hilo muy delgado estaba a punto de romperse.
- Leandro… no te vayas… yo tampoco me soporto más, ayudame a reabrir esa puerta en la que un día me encontraste.
Desconcertado, él levantó la cabeza, la miró, y se dejó caer a su lado en la cama.
- Es lo que vengo intentando en cada encuentro… pero al final voy comprendiendo que la llave de esa puerta la tenés vos.
Mirta no termina de entender por qué esta vez no puede contener el llanto que acaba de asomarle, y se acurruca en el pecho de Leandro. Entre lágrimas, rodeada por esas manos que siempre admiró, vuelve a reparar en que él también usa el mismo anillo.
Le toma la mano. Se quedan en silencio. Un silencio muy denso, que cubre la hondura de los interrogantes y los sueños quebrados que comparten en destellos invisibles de luces y sombras.


Ella siente las sábanas, su piel gratificada por la proximidad de Leandro, quien con el tiempo se fue convirtiendo en parte de su vida y ocupando más espacio del que hubiera imaginado, mientras iban aprendiendo a tolerar postergaciones, dudas, celos y, por sobre todo, sabiendo que siempre se iba y que siempre regresaba.
Él, por su parte, vuelve a pensar en lo cómodo de ese cama afuera, pero también en la desventaja de no tenerlo todo, de alimentar distancias, de construir un muro alrededor del fuego.


Estuvieron así, en silencio, largo rato, hasta que se descubrieron el uno al otro canturreando al unísono, a mitad de camino entre las lágrimas y la sonrisa, el desafío de la Habanera de Carmen, que tantas veces había animado sus impulsos: “El amor es un pájaro rebelde que nadie puede domesticar”.
Probablemente esto sostuvo la relación por mucho tiempo: lo rebelde, lo indomesticable, lo apasionante que el reencuentro prometía, a pesar de que hubieran pasado tantos años. Era en realidad lo que ambos necesitaban individualmente para sus vidas; tal vez tuviera que ver con los cuarenta y pico que ambos atravesaban y sus implicancias: esa sensación de que el tiempo es corto y toda la energía debe ponerse al servicio de la conquista, las concreciones, la ambición y el hedonismo.
Fuera cual fuese el motivo, habían logrado un modo de encuentro con el cual conformarse: más o menos mensualmente surgían para ella supuestas obras a nivel nacional, y para él ferias itinerantes imposibles de postergar. El siguiente punto de encuentro se iba eligiendo de acuerdo a las ganas y al ánimo de los dos: Rosario, Misiones, por qué no Ushuaia…
Pudieron ser prolijos, sin ser advertidos ni lastimar a nadie, manteniendo vivo el entusiasmo durante un tiempo.


- Disfruto tanto de dormir con vos como de extrañarte, te juro -suspiró Mirta-. Es como si precisara las dos cosas. A veces pienso que debería festejar tu apendicitis, porque de no ser por ella no hubiéramos logrado esta vida nuestra tan así, tan descomprimida, tan elegida y disfrutable.
Lo abrazó desde la espalda contorneándole la cintura con sus brazos y acariciando su ya casi borrada cicatriz.
Él, girando sobre sí, le tomó la nuca con las manos, y acorralándola comenzó a besarla una vez más. La última, al menos por este mes.
- Sí… finalmente todo fue oportuno, y hoy resulta hasta cómodo, ¿no? -dijo él palmeándole la cola-. Dale, apurate, que mi vuelo sale en una hora, a ver si tenemos tiempo para un cafecito.


Podrían haber seguido así infinitamente.
Podrían… pero lo apacible se iba transformando gradualmente en desabrido, y sin saber muy bien cómo, viajar comenzaba a ser solo una costumbre, un incordio, un maldito ritual. A ella progresivamente le crecía la melancolía de los hijos que nunca tuvieron ni habrían de tener. Él, en forma postergada comenzaba a ocuparse de las demandas de su familia, a cuestionarse por primera vez y necesitar concretar algo, no sabiendo muy bien qué.
Ambos iban perdiendo la ilusión otrora arrasadora de deseos, pasiones, con olor a aventura, con todo absolutamente... habanera incluida.
Recuerdos… recuerdos del lugar idealizado donde cada uno ubicaba al otro, recuerdos de las fantasías constantes, del sexo urgente, de… Los recuerdos empezaban a adelgazarse, y en su lugar emergía la sensación de desgano y el hastío.


Quizás fue por eso que el siguiente encuentro se fue demorando. Hasta que imprevistamente, casi tres meses después, Mirta tomó un micro y se apareció por el taller de Leandro, allí donde todo había comenzado alguna vez.
Le sorprendió y le dolió ver cada una de las cosas que recordaba, ahora en su dimensión real. Le dolió no conmoverse. Le dolió controlar sus impulsos al verlo. Le dolió el vacío.
- No sé cómo se hace para recuperar lo que sentíamos, cómo pudimos perderlo así tan livianamente…
- Livianamente, sí… así fue, vos lo dijiste... y por suerte que fue así; cómo pudimos armar una relación tan livianamente profunda es la pregunta, y te juro que a más de uno le fascinaría conocer la fórmula. A mí mismo, si pudiera volver atrás y recuperarla.
Se abrazaron casi fraternalmente. Se abrazaron en memoria de aquel día en que casi huyeron juntos, y de un tiempo en el que casi fueron felices. Se miraron largamente, como sabían hacerlo. Miraron sus anillos y no se los sacaron, y casi creyeron que se despedían.


A partir de ese momento interrumpieron sus comunicaciones.
Al mes, Mirta decidió terminar su matrimonio. Leandro lo hizo unas semanas después.
Solos y a la distancia, sin garantías de regreso, entendieron cuál era la historia a la que habían decidido ser fieles.




FIN



febrero / junio de 2006

Sobre Esta vez no se fue

Esta vez no se fue ha sido escrito por Laura, Américo y Andrea en cuatro vueltas y media, entre febrero y junio del 2006.
Es el cuarto Cuento con vueltas que termina.
Al terminar el cuento, las/los autoras/es se autopresentaron así:

Laura
Vivo en Buenos Aires. Tengo 54 años. Mis estudios en Arquitectura de Interiores me llevaron, sin sospecharlo, a otras arquitecturas de otros interiores a los que dedicaría mi interés y creatividad.
Hoy soy artista plástica y astróloga. Me gano la vida haciendo hadas, árboles y dragones en papel maché. Disfruto investigando temas esotéricos. Cada tanto tengo raptos de escritura. La experiencia de Cuentos con Vueltas me ha hecho sentir ese gustito de la aventura en la que uno sale sin otro destino que disfrutar de las sorpresas que depara un camino que no figura en el mapa.


Américo
Soy porteño. Mi profesión inicial: taquígrafo de la Presidencia de la Nación y de otros organismos.
Agregué otras tareas y hobbies a lo largo de mis ochenta y varios años. Con intención de seguir escribiendo testimonios de mis experiencias de vida en múltiples ámbitos. Esta experiencia me resultó fabulosa. Estoy en amermon@fibertel.com.ar para seguir comunicándome.

Andrea
Soy Andrea, cumplí 41 años el último diciembre y tengo tres hijos. Trabajo como maestra de Jardín desde el año 87 y últimamente he ampliado mi campo de acción hacia el trabajo con gente, con grupos, hacia el trabajo social. Escribir me gustó y acompañó siempre, me permite conectarme mejor con los demás, desde un lugar más profundo. Disfruto de integrar esta vivencia literaria con ustedes. Disfruto al ver cómo entre lo social, los chicos, los grandes, el cuerpo, las conexiones, la música, la literatura, el humor, los cuentos, los grupos, se me arma un rompecabezas, tal vez el mío.

23 de septiembre de 2007

Los martes, naranjas y jirafas

Ilustración: Antonio Berni - Serie Juanito Laguna





- Vamos, Tao.
El niño tendría unos 5 años. Puso la mala cara de siempre que lo contrariaban, miró por última vez a la jirafa y se dio vuelta cansadamente para irse con su madre.
Se llamaba Tao porque su padre, poco antes de él nacer, se había fascinado con las ideas new age y particularmente con las filosofías orientales, y había insistido en que lo llamaran así. Decía que nacería un niño sabio. La madre, más convencional, quería llamarlo Germán, como el galán de su novela favorita.
A regañadientes el padre algo cedió, y el niño se llamó Tao Germán. "Pero lo llamaremos Tao", sentenció.
Cuando dos años después el padre los dejó y se fue a Brasil tras de una joven modelo, la madre comenzó a llamarlo "Tao Germán". Poco después debió desistir, cuando la maestra de la salita rosa la llamó para decirle que Tao se desconcertaba y lloraba, creyendo que los compañeritos se iban a ir dejándolo solo, cuando le decían: –Tao, Germán.

“…Soy el único referente paterno para Tao. Sus abuelos murieron de modo muy extraño hace largo tiempo y me ocupé de acompañar al padre de Tao en los primeros años de su juventud; luego se casó y pude ver con cuanta ilusión aguardaba el nacimiento de su hijo. Parecía que ese acontecimiento le permitiría anclar su vida.
Cuando partió abandonando al niño y a su madre, volví a ejercer ese lugar tan particular que es el de acompañar a vivir.
Nunca pude aprender a tejer o a bordar, mucho menos a cocinar; la vida me llevó a indagar en el arte, la ciencia y la soledad.
Tao y su madre me frecuentan a menudo, generalmente los martes por la tarde. Los espero tranquila, preparo una tetera con agua caliente, dispongo diferentes sabores de té en una cajita de madera, un botellón con jugo de naranjas que exprimo despaciosamente y una canastita con galletitas de limón.
Desde muy pequeño le enseñé a Tao a disfrutar de los aromas del té y aprendió que puede elegir algo diferente cada vez.
Nos une ese ritual de saborear el té y las galletitas en silencio. Luego, Tao selecciona alguno de los libros de arte y se acomoda a mi lado a mirar las ilustraciones.
Cuando se van, me siento a escribir las cosas que sucedieron durante la visita.
Hoy tomé el cuaderno y busqué las anotaciones donde refiero al momento en que Tao, tiempo después de la partida de su padre, insistiendo con llanto logra ser llamado solamente Tao; también escribo allí sobre su visita al zoológico y sobre un dibujo que había hecho esa tarde en referencia al paseo.
Ahora recuerdo que cuando vi el dibujo le dije: - ¡Qué hermoso, Tao!, me encantaría que me lo regales... - No puedo -dijo- es para mi papá.
Me quedé helada. No sabía si sentir pena, sorpresa o esperanza. Durante varios días dio vueltas por mi cabeza la pregunta de por qué alguien abandona a un niño. Qué es lo que hace que algunas personas no tengan instinto de protección y otras sí. Me preguntaba qué secuela quedaría en ese niño y qué podíamos hacer nosotras para aliviarlo...
Y un día sucedió... Llegó una carta del padre de Tao... Larga, profunda… triste... donde decía que vendría... ¡Qué impacto! Sentí una mezcla de sorpresa, temor, alegría y desconcierto. Me preguntaba si Tao sabría acerca de la carta, si Ana le habría dicho algo sobre su contenido ó cómo se lo diría.
Lo primero que sentí fue temor de que Pablo pudiera hacerle mal con su regreso. Me llevó varios días dejar ese temor entre paréntesis y no adelantarme a los hechos. Me preocupó entonces que Ana se dejara llevar por su rencor y no ayudara a que el encuentro fuera lo mejor posible.
No podía dejar de preguntarme qué pensaría Tao. ¡Es tan difícil a veces para los grandes suponer qué piensa un niñito, ponernos en su piel! A veces hacemos tantos esfuerzos en olvidar nuestra propia niñez que perdemos de vista lo que es verdaderamente importante para un chico.
Pude empezar a recordar que Tao tenía sólo cinco añitos y que su papá era seguramente para él casi como un guerrero chino que andaba por el mundo librando batallas misteriosas, y que había dejado su marca en ese nombre raro que había decidido para su hijo.
Opté por dejar durante unos días, hasta el siguiente martes, que la batalla se librara en mi cabeza y que las contradicciones fueran y vinieran sin parar.
Me había acostumbrado a ser yo quien le contaba a Tao cosas de su papá; sus travesuras infantiles, cuánto le gustaban las milanesas… esas cosas que una cuenta cuando hace de abuela y disfruta el poder que da contar la historia. Ahora Pablo estaría aquí, y ellos, Tao y Pablo, tendrían una intimidad que aún no imaginaba como podría resultar… “.

- Vamos, Tao.
Lo veo caminar desganado, tomarse de mi mano y girar la cabeza para volver a mirar la jirafa.
Me habla, pero no alcanzo a escuchar sus palabras porque la sensación de haber vivido esa situación alguna vez me absorbe momentáneamente. Como en un calidoscopio, las imágenes del niño que fui vienen a mí y se suceden impregnadas de aromas, voces, texturas y colores.
Con la mano de Tao en la mía camino hasta el asiento más próximo. Le cuento que a mí también me deleitaba mirar las jirafas, que este paseo con él me trajo recuerdos bellos. Le propongo que cuando lleguemos al taller pintemos jirafas. Se entusiasma y me dice:
-¡Vamos ahora! -se para y espera que yo reanude mi andar.
Hacemos el trayecto en silencio.
Aquellas tardes de los martes, con sus rituales en torno a los sabores del té, el jugo de naranjas, los libros de arte, las anécdotas de la infancia de mi padre, la dulce presencia de ella, perfilaron mi vida.
Guardo los cuadernos que cuentan meticulosamente cómo fueron esos días. La llegada de mi padre, devastado por la enfermedad, su muerte inmediata…
Los recuerdos posteriores se tornan poco nítidos. Los encuentros se espaciaron cuando me fui a estudiar a la ciudad. Y el día que mi madre me trajo los cuadernos y los libros de arte, supe que ella había muerto, que ya no volveríamos a compartir esas ceremonias que me acompañaron durante años.
Para ese entonces, había aprendido a convivir con mi nombre y su sentido. Mi padre al nombrarme me legó una comprensión de la vida.
Tao me habla. Estamos llegando al taller; subimos lentamente las escaleras. Lo invito a tomar un jugo de naranjas antes de pintar jirafas. Acepta feliz; lo miro agradecido por su amor. Pronto llegará mi querida discípula a buscarlo; los martes dicta clases de pintura y yo cuido del niño.
Cuando Harmonía propuso llamar Tao a su hijo, me pareció un gesto desmedido, pero su insistencia fue tal que no pude negarme.
Mientras espera las naranjas exprimidas, Tao mira los retratos que están sobre el piano que fuera de mi madre. Nos sentamos a beber en silencio; de pronto me dice:
- Yo no tengo papá ¿y vos?
Lo miro. Me pregunto qué es un padre, qué es una madre… Le digo:
- Mi padre era un guerrero chino y murió hace muchos años.
Recorro con la mirada el taller. Me siento feliz. Tao se entretiene con unos libros y yo retomo la lectura de los diarios de mi abuela, como yo la llamaba.
“…Creo que fue un viernes. Estaba lloviendo y golpearon a la puerta. Era Ana. Traía un paquetito con galletas para compartir el té. Traía también la pesadumbre de una persona que ha tenido una dura batalla consigo misma. Se la veía triste pero serena. Con solo mirarla sentí alivio: sabía que Tao estaba bien.
Me esmeré en preparar el ritual del té. Puse las galletas en unas bandejitas de madera tallada que sólo usaba en ocasiones especiales. Fui al jardín y corté flores para adornar la mesa. Preparé el jugo de naranja. Y me senté ante ella, dispuesta a escuchar atentamente sobre aquella situación que sabía que tendría gran influencia en la vida de mi amado Tao.
Me contó de la enfermedad de Pablo. De cuan demacrado lo había encontrado. De la madurez de sus reflexiones, lejos ya de la superficialidad de otras épocas. De su decisión de venir a despedirse del niño y de ella. De sus temores de ser rechazado. De su agradecimiento hacia mí y hacia ella por recibirlo después de tanto tiempo de ausencia sin dar noticias.
Me contó de la alegría de Tao al ver a su padre. De la indiferencia con que lo trató al principio. De la fascinación con que lo mira ahora.
No me contó de su lucha por evitar que salga el rencor, ni de los esfuerzos por perdonar. No me contó de las cosas que hubiera querido decirle pero calló por compasión. No me contó de sus miedos ante aquel fantasma que aparecía agigantado ante el niño, por el tiempo y la distancia…
Pero yo, que tengo algunos años más de experiencia, la vi crecer ante mis ojos.
Cuando Ana se fue, tuve la certeza de que Tao tenía dos buenos padres. Porque más allá de las equivocaciones, errores y sentimientos contradictorios, habían podido enfrentarse con ellos mismos, dándole una oportunidad diferente al niño, que lo marcaría por el resto de su vida… Eran dos guerreros luchando esas guerras internas que nadie ve pero que nos transforman para poder crecer…”.
Me produce una rara sensación leer estas notas. Veo toda mi infancia reflejada en la superficie dulce de esos jugos hechos con amor para mí, suaves y aterciopelados como el color de las jirafas que tanto me gustaba mirar con mi madre. Ayer, haciendo lugar en la casa, en el cuarto donde guardaba cosas de mi infancia, encontré la cajita de la comida que le daba a los animalitos del zoológico, junto a los boletines, a los patines que me regalaron para los seis... Todo me habla de aquellos años, de los martes de naranjas y galletitas de limón, de la aparición de mi padre, su muerte y esa tristeza verde-gris de los ojos de mi madre.
Al leer estos cuadernos escritos con dedicación, con esa letra casi dibujada, se me aparece el misterio de las vidas que se entrecruzan, de las historias que se parecen. Yo continué la costumbre y los cuadernos se multiplicaron.
Me estremece esa pregunta que me hago una y otra vez: ¿Qué es un padre? Dicen que las cosas llegan cuando uno está preparado para encontrarlas. ¿Preparado? ¿Qué es estar preparado? ¡La pucha que es fuerte esto!
Quizás estar preparado sea simplemente poder soportar la sorpresa. Justo ahora que estoy preparando el cuarto para mi primer hijo. La emoción me estremece, es como el temblor que sentía cuando escuchaba pasar el tren de las cinco y entonces sabía que mamá volvía a casa.
Decididamente hoy es un día particular. El paseo con Tao y sus preguntas me remontaron al tiempo de la inocencia, época de sueños e ilusiones... y también de pérdidas y dolores inconmensurables. ¿Qué no me arrancó la vida en el momento menos pensado?
Dibujamos las prometidas jirafas. En unos minutos llegará Harmonía, partirá con Tao, y yo continuaré trabajando en los bocetos para la próxima muestra. La bauticé: “Devenires. Homenaje a mis madres, mis padres, mis hijos, mis mujeres, al Amor” …y en seguida me arrepentí. ¿Por qué mis madres, mis padres...? ¿por qué “mis”….? Al fin y al cabo somos todos, simultáneamente, madres, padres, hijos de la vida, hombres y mujeres, volviendo y revolviendo sobre viejas heridas del amor y el desamor.
Yo no tuve abuelos y sin embargo tuve una abuela que no tuvo hijos; pero tuvo un nieto que hasta hoy la adora. Mi madre se casó posiblemente para estar con el hombre que amaba, y se quedó sin él demasiado pronto, pero conmigo. Mi padre no pudo compartir su vida con nosotros, pero sí su muerte…
Me preguntó cómo haré para transmitirle a mi hijo lo que aprendí aquellas tardes de naranjas y jirafas: que el amor se cuida… se deja libre… que amar, se ama volando sobre enojos y resentimientos.
Y me pregunto también cómo le pondré fin a mi muestra.
Mirando estos cuadernos, los nombres que se repiten y se entrecruzan, veo esas redes misteriosas que nos arman y nos desarman al mismo tiempo, y veo que esta muestra no es más que una parte y sin embargo representa mi vida toda.
Dicen que la física aun no ha encontrado el enlace entre la teoría de la relatividad que explica el macrocosmos, el universo de afuera, y la de los fractales que explica el microcosmos, el pequeño mundo, el más íntimo e invisible. En cada pequeñísima, mínima porción del universo está representado el universo entero. La vida es un holograma. Entonces, en esta muestra está mi vida toda. ¡Claro! ¡Es el arte el que da la respuesta! Ese lugar sin tiempo, que no está gobernado por las secuencias lógicas, es lo que en realidad da sentido a todo. Todo fue y será y está siendo.
Aún no sé cómo se llamará mi hijo. Pero sé que seguramente el nombre que le pongamos lo marcará de alguna manera misteriosa. Y tendrá un padre, y tendrá jirafas, y repetirá la historia y la cambiará al mismo tiempo. Y este padre no lo abandonará, y entonces yo tendré un padre.
Mientras me sirvo un té vuelve el sabor agridulce de las galletitas de limón, y me doy cuenta que la muestra está terminada …para volver a empezar.
Tocan a la puerta.




FIN

octubre del 2005 / abril del 2006

Sobre Los martes, naranjas y jirafas

Los martes, naranjas y jirafas fue escrito por Lucila, Liz y Estela en tres vueltas, entre octubre del 2005 y abril del 2006. Es el tercer cuento que se termina como parte de Cuentos Con Vueltas.
Al terminar el cuento, las autoras se autopresentaron así:

Lucila López
Tengo 53 años. Trabajar en este colectivo literario fue una experiencia muy rica, nunca escribí cuentos, soy cronista, lo viví como un desafío y divertimento a la vez.
Ariana y Serpiente, recientemente revelada como pintora, de oficio cocinera, psicóloga social y psicodramatista de profesión, estas vueltas acompañaron un momento de mucho cambio en mi vida e inspiraron y dieron forma a un proyecto literario que está en carpeta.
Madre de dos hijos varones, Pablo y Maximiliano, de 30 y 26 años, y abuela de Camila de 4 y Malena de 2, me siento muy feliz de seguir animándome a emprender cosas nuevas con otros.


Liz
Soy trabajadora social. Vivo en Jujuy. Soy del 64. Siempre me ha gustado leer y escribir. Pero como jugando. Para divertirme, para aprender, para desenchufarme un poco. Este espacio creo que es algo así: un juego creativo, que me resulta divertido. Sigamos pues…

Estela Sagredo
Nacida en Oberá, Misiones, hace 57 años, en la época del año en que florecen los jacarandaes en Buenos Aires, donde vivo y disfruto de los suelos azules de noviembre, los soles fríos de mayo y los bares en silencio para escribir y leer. Psicoanalista y poeta, e intentando ser “cuentera”.


Los martes, naranjas y jirafas resultó escrito sólo por mujeres debido a que, en las dos ocasiones en que se intentó incorporar un varón al grupo, el cuento se trabó, por diferentes –y en algún caso extrañas- circunstancias; de hecho estuvo detenido dos meses y medio.
Esto decidió al administrador a completar el grupo con una tercera mujer. Al hacerlo, el cuento tomó una gran dinámica, tanto que al iniciar la tercera vuelta se resolvió con el grupo que ya se estaba llegando al final (lo habitual son cuatro vueltas).
Paralelamente a éste, se escribió El mandato, otro Cuento con Vueltas hecho a partir del mismo texto inicial por otro grupo, que resultó mayoritariamente de varones.

13 de agosto de 2007

El Mandato

- Vamos, Tao. El niño tendría unos 5 años. Puso la mala cara de siempre que lo contrariaban, miró por última vez a la jirafa, y se dio vuelta cansadamente para irse con su madre.
Se llamaba Tao porque su padre, poco antes de él nacer, se había fascinado con las ideas new age y particularmente con las filosofías orientales, y había insistido en que lo llamaran así. Decía que nacería un niño sabio. La madre, más convencional, quería llamarlo Germán, como el galán de su novela favorita.
A regañadientes el padre algo cedió, y el niño se llamó Tao Germán. "Pero lo llamaremos Tao", sentenció.
Cuando dos años después el padre los dejó y se fue a Brasil detrás de una joven modelo, la madre comenzó a llamarlo "Tao Germán". Poco después debió desistir, cuando la maestra de la salita rosa la citó para decirle que Tao se desconcertaba y lloraba creyendo que los compañeritos se iban a ir y dejarlo solo cuando le decían: –Tao, Germán.
Durante años recordó el episodio del zoológico; fue un hito en su vida, y de allí en más respetó las consecuencias de su juego interno. Harto de la duda de cómo llamarse, ese día le había preguntado su opinión a la jirafa. Él entendería que si se quedaba quieta, la respuesta era Tao, y si no, Germán. Concentrado como estaba en semejante decisión, el llamado de su madre lo confundió y poco pudo hacer mientras se sentía arrastrado casi por la fuerza. Pero no podía dejar de mirarla mientras se alejaba; ella seguía inmóvil y él se había convertido para siempre en Tao.
Le costó aceptarlo, pero aprendió a defender esas tres letras con orgullo. Saber que lo había bautizado una jirafa lo hacía sentir muy especial, y era preferible eso antes que la injusticia de portar un nombre elegido por quien cobardemente había huido después de semejante acto.
Tao Ferreira no tuvo una infancia complicada. Creció rodeado de sus tías Ana y Tati, que lo llevaban a pasear a todas partes y lo colmaban de regalos, y su abuela Olga, que lo malcriaba tratando de compensar la ausencia de “ese cretino”, mientras su madre trabajaba como secretaria ejecutiva de una multinacional. Su niñez pasó, y antes que nadie pudiera notarlo, Tao había llegado a la adolescencia. Pasaba la mayor parte del tiempo con sus amigos, vagando por el barrio, buscando cosas nuevas para hacer.
Mas allá de haber sido bautizado por una jirafa, Tao se creía una persona normal. Esto era así porque siempre había sido él mismo, es decir, no tenía otra referencia suficientemente válida de cómo sentía una persona normal. Sin embargo, independientemente de lo que él creyera, algo extraño crecía en su interior. No en sus venas, no en su cuerpo, sino en su alma y en su manera de ver y actuar. Tao no lo sabía, pero muy pronto experimentaría situaciones nunca antes descriptas en libros ni relatos.
Un ejemplo de lo que tratamos de decir sería su particular relación con las especies zoológicas. Tao tenía de los chicos -y de los humanos en general- una valoración que se podría calificar de deficiente comparada con el alto reconocimiento que sentía, entre otros, hacia su perro Momo. Con él asiduamente visitaba el zoológico, permaneciendo largas horas, conversando en especial con las panteras y los tigres, reyes, para él, de una sabiduría y comprensión muy superior a la de sus congéneres. Les relataba los últimos acontecimientos acaecidos en su casa y en la escuela, pidiéndoles algunas veces consejo, a lo que los bondadosos felinos respondían, más allá de los pobres y embaucadores instrumentos del lenguaje humano, con movimientos certeros y precisos.
Un día ocurrió lo que alguna vez tenía que ocurrir: distraídos en la charla con los tigres, Momo y él, tirados en un rincón de la jaula de sus anfitriones, se olvidaron de la hora. En realidad, se perdieron del tiempo. Desde ya, los guardias en su recorrida de rutina antes de cerrar, no advirtieron, ni siquiera imaginaron, ese conciliábulo que ocurría en un rincón tan alejado de sus aburridas vidas.
Con el atardecer se fue apagando el diálogo, y esa somnolencia que le agarraba al caer el sol, se apoderó de él.
Habría pasado una hora quizás, ya era de noche, cuando Tao se despertó. El desconcierto fue más grande que el temor… esa realidad pertenecía a otro universo. Su fantasía lo había llevado varias veces a situaciones parecidas, pero nunca tan lejos como para saber lo que sucedería a continuación. Un hocico mojado sobre su mejilla lo sacó de sus cavilaciones. Supo que no era Momo, ya que su mano derecha estaba posada sobre el lomo de su fiel amigo. Quiso ponerse de pie, pero la presencia del otro tigre frente a él le restringía el movimiento.
Entonces sucedió algo que solo podía pasar en sueños. El tigre que estaba más cerca de él empezó a hablarle; no con el lenguaje de los humanos, sino con gruñidos y otros sonidos. Lo diferente esta vez fue que él pudo entender todo.
Tao escuchó atentamente y sin interrumpir, y cuando el tigre terminó de hablarle, un pesado sueño cayó sobre él.
Lo despertaron los llamados de sus amigos y familiares, que lo buscaban preocupados, ya entrada la mañana.
Pensó rápidamente qué hacer para que nadie sospechara lo ocurrido; salió de la jaula, fue hasta la sombra de un árbol, se acostó y se hizo el dormido hasta que su tía Ana lo encontró.
Necesitó inventar algo coherente cuando empezaron a llover las preguntas, y pudo sortearlas sin mayores complicaciones.
Los días pasaron y Tao no podía dejar de pensar en las palabras del tigre. Poco a poco, en la escuela, con sus amigos, en su casa, le fueron ocurriendo algunos cambios, al principio tomados como divertidos, pero luego un poco más preocupantes.
Que Tao no se despegara jamás de Momo, incluso a la hora de irse a dormir, era una suerte de manía que ya no sorprendía a nadie. Más extraño era el mutismo con que comenzó a quedarse pegado al canal de animales de la televisión. Y más aún lo fueron otras metamorfosis: los besos a su madre, tías y amigos fueron reemplazados por algo así como lamidas... amorosas, tiernas y suaves lamidas a la hora de despedirse o recibir a alguien. Y si esto, que al principio pareció divertido, se volvía disgusto o molesta reprensión, la respuesta de Tao no se hacía esperar, bajo la forma de un sordo gruñido, leve y algo amenazante al principio, agresivo e irascible después.
Rarezas de un chico criado sólo por mujeres, un poco sobreprotegido, decían algunos. Pero las cosas tomaron otro carril cuando su tía Ana, cansada de recibir como respuesta a sus concretas preguntas, indescifrables sonidos guturales, terminó propinándole una sonora bofetada que el pequeño felino contestó con un inmediato zarpazo en la cara.
Gritos, histeria y llantos en casa del bueno de Tao, quien nada comprende de todo ese alboroto, y sale corriendo, seguido por su fiel Momo. Corre como enceguecido y sin meta, aunque se trate en realidad del conocido trayecto a las afueras de la ciudad, donde se encuentra el zoológico.
Su olfato reconoce el camino, sus ojos no; los colores ya no son los mismos y los objetos tienen una vibración nunca antes vivenciada por él. Se da cuenta de que capta la realidad con todos sus sentidos, está más presente que nunca.
De pronto ya no corre, camina lentamente, siente claramente su peso sobre sus mullidas patas. Aunque todavía conserva su forma humana, se percibe a sí mismo como surcado por cientos de rayas negras que definen un dibujo muy particular. Sabe que ha cruzado un umbral… Tao es el todo y la nada, el adentro y el afuera, es un solo ser habitado por dos universos, pero todavía entero.
Repentinamente recuerda las palabras del tigre y con toda decisión cambia el rumbo y se dirige al museo de ciencias naturales.
Pasó allí horas y horas buscando en las bases de datos, hurgando en los archivos. Pero no había caso, no aparecía ningún registro que hablara sobre eso.
A punto de rendirse estaba, cuando tropezó con la información de un reciente incidente ocurrido en algún lugar de Europa con una chica que se comportaba como un reptil. Luego, casi por coincidencia, encontró una noticia referida a estudios que se habían hecho varios años atrás a un anciano que se comunicaba extrañamente con las aves, estudios que habían quedado inconclusos porque éste se había escapado volando.
Estaba en eso, cuando su olfato comenzó a percibir un olor que le trajo reminiscencias del jaulón de las águilas del zoológico.
A medida que el olor se hacía más fuerte y evidente, comenzó a percibir que algo o alguien estaba detrás de él. Con un movimiento brusco se dio vuelta, y cerca estuvo de atrapar a ese ser; pero éste insólitamente se elevó, con tal rapidez que ni siquiera pudo tocarlo. Inmediatamente supo que era el anciano-águila.
Ese incidente transformó algo dentro de él. Aunque sin poder ponerle palabras, Tao sintió, simplemente sintió con todo su ser, la bendición de una situación excepcional que por alguna razón había caído sobre él: lo que la mayoría de las criaturas tienen negado, a él le había sido otorgado.
Estiró sus mullidas patas, se rascó la piel lustrosa y bostezó complacido. Al salir del museo, la calle repleta de autos y la gente apresurada lo molestaron como una antigua y dolorosa agresión. Algunas palabras leídas en los archivos del museo saltaban sin rumbo en su mente… “extrema sensibilidad con los instintos primigenios”, “patológica abolición del super-ego”, “retorno psicótico a una sensibilidad instintiva abolida por la civilización”, “otra realidad aparte”, etc., etc.
Se detuvo frente a una vidriera atraído por fotos que publicitaban cortes de carne. Sintió hambre y refregó su lomo contra el vidrio. Entró sin vacilar. Desplazándose naturalmente entre la gente, llegó al sector de la carne y retiró tres buenas chuletas, para salir, obviando colas y demás trámites, a la felicidad del luminoso día. Un par de personas salieron corriendo tras él vociferando agresivamente. Comprendiendo a medias lo que estaba sucediendo, Tao también comenzó a correr, dirigiéndose decididamente hacia el atajo que lo llevaba al gran parque, donde se sentía más protegido y en casa.
Cansado, se tiró en la hierba fresca y se quedó dormido.
Tuvo un extraño sueño: una persona cuyos rasgos le resultaban familiares, discutía con alguien a quien él no podía ver, y le decía algo así como "No me pregunte qué hago aquí, no sé... tampoco sé de dónde saqué todo esto ni por qué lo hice... yo nunca quise escribir... pero papá insistió, insistió, insistió... y no es que tuviera mucha autoridad ni fuera muy convincente... yo lo veía trabajar y trabajar, todo el día, todos los días de su vida, sólo para que yo pudiera estudiar y ser alguien... demasiado tal vez, sí, creo que trabajaba demasiado… a veces me parece que le faltó garra para pelearle a la vida de otra manera... pero él decía todo este sacrificio lo hago por vos, para que puedas llegar a ser alguien... como era tu abuelo, ¿ves?... él sí tenía vuelo... y una generación entera ha leído sus maravillosos cuentos... pero vos...".
La garúa lo despertó …y no solo la garúa, el sueño también.
Se sintió confundido; no entendía qué hacían esas chuletas bajo su remera. Las imágenes se apretujaban en su cabeza… la carrera hacia el zoológico, el cambio de rumbo hacia el museo, la información, el anciano-águila, las palabras del tigre, ese rostro del sueño… todo en un instante. Y ese vacío de siempre.
Poco a poco se fue aquietando, respirando más profundamente. De golpe le vino el recuerdo de un día en que su tía Tati había arrebatado de sus manos una foto encontrada por él entre viejos papeles, que en el dorso tenía escrito en letra muy clara: “Sé que todo esto es difícil, pero a pesar tuyo, algún día Tao entenderá que mi lib…”, y no llegó a leer más. ¡Ésa era la cara del sueño, la de la foto! La otra presencia, la que en el sueño no podía ver, le resultaba de sobra conocida, por ser casi el único interlocutor con quien compartía un código común en los últimos tiempos, tras los barrotes de la jaula.
Al levantarse se dio cuenta que sentía su cuerpo más liviano. En vez de lamerse para limpiarse el pasto, como se había acostumbrado a hacer, se lo sacudió con las manos. Comenzó a caminar rumbo al zoológico, guiado por la certeza de que su amigo lo esperaba impaciente.
Al llegar, le dio las chuletas y lo miró a los ojos. El tigre sostuvo la mirada. En ese lenguaje en que se comunicaban, Tao le preguntó: “¿Dónde está mi padre escribiendo ésta, nuestra historia?”.
El sabio felino pareció sonreír de alegría al encontrarse con el muchacho y su liberadora pregunta. Antes de contestar, le lamió tiernamente la cara, colocando una de sus patas sobre el hombro derecho de Tao, como protegiéndolo.
- Son muy pocos los humanos –dijo- que comprenden algo tan simple como que el universo está movido por amor. Y bien, tú eres uno de esos pocos, mi querido amigo. Y al comprenderlo lo estás sosteniendo también... estás evitando su desbarranco total… La mayoría de tus congéneres se mueven adquiriendo cosas y comprando seguridades, olvidando esta verdad tan simple y construyendo castillos de arena que el primer viento aniquilará...
Se detuvo, como dándole tiempo para terminar de pensar lo que le estaba diciendo.
- Ahora sí entiendes, mi pequeño amigo –continuó al rato- que no hay nada en este mundo que muera definitivamente. Tampoco la muerte de tu pobre padre, que ahora está aquí, más que nunca, con nosotros… Nada hay que escape a la cadena de causas y efectos. No sólo lo que se hizo en este mundo es lo que queda, también lo que no se hizo, lo que no se pudo hacer, lo que otros deberán completar...
Con los ojos llenos de lágrimas, Tao se acurruca en el cálido regazo de su fiel amigo, quien con enorme ternura le lame la cara como queriendo secarle las lágrimas. Luego se deshace suavemente del muchacho. Una mirada de despedida se cruza entre ellos, una mirada cargada de agradecimiento, de conmovedora esperanza.
Tao vuelve al parque. Va caminando lentamente, se siente casi flotando, liberado de una carga insoportable para ese tierno corazón, ahora henchido de paz y abierto a un horizonte lejano pero luminoso.
Con Momo dando vueltas a su alrededor contagiado de una suerte de alegría que no sabe de dónde llega, Tao se sienta a la sombra de un árbol, saca papel y una birome de su mochila, y comienza a escribir:
- Vamos, Tao.

FIN

octubre 2005 / febrero 2006

Sobre El mandato

El Mandato fue escrito por Laura, Juan, Raúl y Goio en cuatro vueltas, entre octubre del 2005 y febrero del 2006. Es el segundo cuento que se termina como parte de la experiencia Cuentos Con Vueltas.
Existe un tercer cuento, llamado Los martes, naranjas y jirafas, escrito por otro grupo a partir del mismo texto inicial, también como parte de Cuentos con Vueltas.
Al terminar el cuento, los autores se autopresentaron así:

Laura
Nací en el '52 y luego de variedad de actividades y conocimientos, de ensayos y errores, llego hoy al privilegio de trabajar dentro de lo que más me gusta, la plástica y la astrología. Vivo en Buenos Aires.Viajera de los mares de la creatividad, llegué un día a las tierras de CCV, un espacio que abre la posibilidad de experimentar la escritura (antes solo reservada para "los que saben") desde un juego que propone unirse a ocasionales e incógnitos compañeros de ruta para el desafío de entramar historias conjuntas. Casi mágicamente me he convertido en "cuentera"; una aventura impensada, un placer.

Juan
Mi nombre es Juan Andrés González. Aunque un poco novelesco y no muy original, me gusta. Soy de Jujuy, tengo 22 años y vivo en Córdoba. Estoy terminando una Tecnicatura en Sonido y toco la guitarra. Siempre me gustó escribir, pero nunca pude hacer mucho más que canciones o poemas. La verdad, me gustó mucho ser uno de los cuatro corazones de El Mandato.

Raúl Rosseti
Viajero y escritor, publicó un libro en Holanda y dos en Argentina (estos últimos son "Samsara", Ed.Legasa, 1989, y "Túnez y otras orillas", Ed.Sudamericana, 1993). Se trata de libros de viajes autobiográficos, al igual que el que está escribiendo actualmente, una suerte de “memorias”. Este cuento sería entonces lo primero que escribe en la denominada categoría de "ficción" -suponiendo, claro, que toda la literatura no entrara dentro de esa categoría y pudiéramos exceptuar biografía y ensayo...Tiene 60 años y reside actualmente en Buenos Aires, donde se dedica a la traducción.

Goio
Tengo 55 años y vivo en Jujuy. Trabajo en proyectos empresarios y sociales. Soy astrólogo. Me gusta escribir. Lo he hecho en diferentes momentos de mi vida. Soy un poco el papá de Cuentos con Vueltas. Se podría decir que me he convertido en un Administrador de Cuentos...

Destellos

- Tomá, leelo... -Javier no salía de su asombro. Sacó la hoja del sobre, y leyó.
"Querido tío: "¿Cómo estás? ¿Cómo andan todos por allá?...
"Hoy tengo mucha necesidad de escribirte, sabés?, será la distancia, o no sé qué, pero me he dado cuenta que las cosas más importantes de mi vida siempre las he compartido con vos antes que con ninguna otra persona.
"Mi vida en esta ciudad ha ido tomando un cauce cada vez más raro. No sé, no creo haber hecho nada especial para que así ocurra. Sin embargo, desde algún lugar intuyo mi aporte. No sé, es desde las percepciones, hasta los sentidos se me aparecen como resaltados, los órganos incluso parecen palpables. Es un estado tan diferente al que estoy acostumbrado, sabés bien de qué te hablo. Las emociones y los impulsos...".
Detuvo la lectura con esa cierta inquietud de quien presiente la frase siguiente, de quien pierde por un instante la conciencia entre lo ya leído y lo que aún resta por leer.
El apenas leve sonido de los dedos recorriendo línea a línea las palabras sobre el papel había sido interrumpido por una repentina ráfaga de viento, que atravesando las cortinas, hizo sonar tenuemente el adorno de campanillas que colgaba muy cerca de la ventana.
Giró la mirada y se quedó como absorto en el sonido que despedían las brillantes laminillas de metal, que en su incesante movimiento provocaban pequeños destellos de luz que se proyectaban en la semipenumbra de la habitación. Era como si el tiempo se hubiera entremezclado hilvanando pasados y presentes en absoluto desorden.
- ¿Estás bien...? – le preguntó Mercedes con cierto arrepentimiento de haber puesto la carta en manos de su marido.
- Sí... sí... – contestó Javier, como distraído. Le vinieron imágenes de Martín cuando era chico. No había tenido demasiada relación con sus sobrinos, pero sí, ahora creía recordar que con Martín siempre había habido algo... algo especial.... ¿o lo imaginaba ahora?... Le vino abruptamente una escena a la cabeza: Martín, que era muy chico (...debía tener unos cuatro o cinco años... quizás menos...) apareció de golpe en su casa... llegó solo (lo cual no tiene sentido, pensó ahora, vivían a media hora de colectivo de mi casa), abrió la puerta y entró (¿cómo entró?... ¿no cerraba yo la puerta con llave en aquella época?...)... casi sin saludarlo, se paró delante de él y le dijo algo...algo como si hubiera conseguido olvidarlo…
- “Yo voy a cortar la cadena”.
A pesar de lo extraño y lo borroso, ese algo le zumbó por años en la cabeza, en los oídos y en las muelas.
Desde antes, desde siempre, Martín lograba en él esa conmoción, esa sorpresa, esa mezcla de estupor y mal gusto. Desde siempre, vencía el tiempo y la desproporción logrando adueñarse de él y dejarlo en el anonimato y el vacío.
Luego volvía a la normalidad, seguía jugando, desentendido, como si tal cosa... Ahora con la carta volvía a hacerlo, volvía a anticipársele, desnudando con la mayor naturalidad el estado pendiente que Javier aún no había logrado alcanzar. Una y otra vez, Javier quedaba vulnerable, anulado.
Cortar la cadena… Cuántas veces Mercedes había querido que “el tío” olvidara para siempre, definitivamente, a su “querido y recordado sobrino”. Cuántos esfuerzos inútiles.
Para Javier, sonaban muy lejanas las reiteradas advertencias de Mercedes y del Dr. Ordóñez – su médico de cabecera - acerca del creciente deterioro que sufría su salud física y mental.
El adorno de campanillas volvía una y otra vez. Aquel sonido vibrante e intangible, insistía y convocaba. Javier supo que había llegado el momento de leer el último párrafo de la carta.
Volvió la vista al papel. “Las emociones y los impulsos parecen no tener freno y su represión me atormenta y me tortura. Intuyo que hoy… elijo que hoy sea el día para poner punto final a todo esto y como te dije, lo comparto con vos antes que con ninguna otra persona, como siempre. Me he decidido, voy a hacerlo”.
Así terminaba su carta, sin despedida pero con ese punto final que Javier no podía sostener, por no animarse, por no soportar la carencia ni encontrar la firmeza necesaria.
Javier quedó atónito. Otra vez Martín se concretaba a sus expensas.
Afuera moría la tarde y los primeros sonidos de la noche invadían la habitación, ya casi en penumbras.
Las campanillas decidieron detener su movimiento. Era curioso. Un suave destello proveniente de las láminas de metal emitía un haz de luz que dibujaba sobre el piso, en un rincón de la pieza, un círculo luminoso de extraña palidez.
Y allí, justo allí, en ese círculo azulado, se hallaba Martín, con el cuerpo oscuro y ese rostro profundamente sereno, como antes, como siempre...


*

El lunes siguiente, al volver del trabajo, Mercedes encontró otra carta bajo la puerta. Miró el remitente, la puso en su cartera, entró en la casa y se aseguró de que Javier no estuviera.
Se sentó en el sillón grande, la abrió, respiró hondo y leyó:
“Mercedes, querida hermana:
Toda esta semana he estado pensando en vos. Será tal vez porque, como seguramente vos también habrás recordado, en estos días Martín habría cumplido 23 años... Parece mentira, aunque hace ya casi 20 años que se fue, es como si...” –se detuvo, apoyó el papel en su falda y se quedó como mirando al vacío.
Al rato (no podría decir cuánto tiempo pasó) volvió quién sabe de donde, miró el papel con sorpresa, como si recién lo viera, lo levantó y metió su vista entre el texto, a quemarropa, donde la mirada quiso caer. “...que muchas veces me he puesto en tu lugar, y me imagino que el dolor de una madre por su hijo es algo que ningún tiempo puede borrar...”.
Le pareció sentir pasos. Era Javier. Había llegado más temprano y la miraba con ojos inertes, agotados, acostumbrados a los lenguajes cuyas palabras parecen no decir nada.
- Carta de mi amiga Valeria…-intentó disimular.
- Me imaginaba… ¿Alguna referencia a mi persona?
Mercedes se mantuvo callada.
- Me imaginaba…-. Tomó un vaso usado, el que encontró más a mano, la botella de whisky, apuntó a su habitación y cerró con llave. Otra vez, otra más, otra inacabable vez más…
¿Qué contención encontraría Javier entre esas cuatro paredes, acorralado entre penumbras y destellos persecutorios girándole alrededor de su escabiada cabeza? Mercedes sentía envidia de la capacidad que él tenía o inventaba tener para no volver a acercarse a aquel 12 de abril de 1976.
El doctor Ordoñez se equivocaba, o al menos se equivocaba a medias. No había en Javier deterioro mental, lo de él era un poder.
Ojalá Mercedes pudiera evadirse, alucinar o lo que puta fuera eso. Pero a ella, como una constante, a diario la torturaban los flashes de las imágenes, desde las más lejanas a las más recientes... 1970 / Conoce a Horacio Pastoral / Él y su “coro”, como llamaba a la gente de la causa / Javier, su cuñado, con su calma, su centrado criterio / 1971 / Feliz convivencia con Horacio, se casan / Primera sospecha de persecución mientras caminaban por Corrientes / Javier protector, alertando / 1972 / Mercedes se embaraza / Horacio absorbido por las pasiones políticas / Ausencia, vacío / Javier… está / 1973 / Horacio… no está / Nace Martín Pastoral, sí, Pastoral / Horacio abocado a su lucha / 1974 / Primera amenaza telefónica / Javier… sigue estando / 1975 / Mercedes abocada a Martín / Mercedes ajena al movimiento / Mercedes ajena a Horacio / 1976 / Encuentro que desde el 73 es habitual: Martín en la plaza con Horacio / Departamento de Javier / Irrumpen ellos / Mercedes en la cocina / - ¿Dónde está?, le gritan / Javier queda en el cuarto / -¿Dónde?, lo aprietan / al no verla él habla… / Horacio y Martín no vuelven / Mercedes no confiesa la verdad a Javier ni lo hará nunca / Javier, su hermano y su sobrino…su sobrino… / Mercedes y Javier quedan… ¿vivos? / Mercedes no habla ni hablará / 1977 / de allí para aquí… a búsqueda… de allí para aquí… el silencio… allí y aquí… la nada.


*

Encandilado y ciego entre laminillas de metal, Javier volvía a aquel estado al que Martín lo encadenaba, allí donde las percepciones y los órganos se vuelven palpables, donde el dolor se pierde, donde la inercia no pesa. Allí donde podía sentirlo cerca, estar… estar con él… encontrar desahogo… lejos, lejos de todo… lejos también de Mercedes y su patética intención por volverlo a la vida... a pesar de todo… a pesar del doliente y maldito reclamo de su malmuerto hermano, de la más terrible sensación de carencia, a pesar de su propia y detestable persona… a pesar de todo.
Cortar la cadena… ¿podría alguna vez tomar el impulso y animarse?


*

El martes a la mañana, casi lista para partir hacia el trabajo, Mercedes escuchó que golpeaban a la puerta.
- ¿Quién es? – preguntó a las apuradas, con el último sorbo de café en su voz.
- ¿Podría usted abrirme, por favor? –dijo alguien del otro lado, con perceptible acento español.
Abrió. Un joven la miraba con su misma extrañeza. Alto, rozagante. Fuerte, pero con un toque de timidez... Por un momento se le ocurrió... no puede ser, le volvió de golpe la imagen de Horacio... no, qué estoy pensando... Dios mío, se me hace tarde... la inconfundible quijada de los Pastoral...
- ¿Tú eres Mercedes? –preguntó resuelto el joven alto.
- ¿Quién... quién es usted...? –balbuceó ella con su mirada en las manos del joven.
- Pues... vale, que de eso se trata... es que creo que yo... Vamos, qué difícil... Oye, ¿no has recibido una... digo, eh... una carta de...? –se interrumpió.
En realidad lo interrumpió el sonido que una repentina ráfaga de viento, atravesando las cortinas, hizo oír tenuemente desde el adorno de campanillas que colgaba muy cerca de la ventana.
Sorprendido, el joven miró hacia adentro de la casa, por detrás de Mercedes. La ráfaga de viento lo empujó tres escalones arriba, haciéndolo detener en el umbral de la puerta.
Y allí se quedó, se quedó como absorto ante el sonido que despedían las brillantes laminillas de metal, que en su incesante movimiento provocaban pequeños destellos de luz que se proyectaban en la semipenumbra de la habitación.
Es curioso... Era como si el tiempo se hubiera entremezclado, hilvanando pasados y presentes en absoluto desorden.


FIN

agosto / diciembre 2005